PALABRAS MÁS/ ¡Mantener la pluralidad!

El trabajo de un buen escrito se desarrolla

en tres niveles: uno musical, donde se compone;

uno arquitectónico, donde se construye;

y por último, uno textil, donde se teje.

Walter Benjamin

ARTURO SUÁREZ RAMÍREZ/ @arturosuarez

El México democrático fue fundado sobre cimientos de pluralidad, un tema importante que pusieron sobre la mesa quienes eran oposición en aquellos tiempos y que arrancó con el proceso electoral de 1988. El país ya no aguantaba otra elección de Estado ni la organización de comicios calificados desde el despacho de Manuel Bartlett en la Secretaría de Gobernación.

Qué curioso que López Obrador, formado en lo más rancio del PRI de los años ochenta y que no puede negar su origen, terminó mandando incienso al personaje al que “se le cayó el sistema”, uno de los responsables de retrasar la democratización del país con las dudas de aquella elección y la imposición —dicho por varios de los que hoy son gobierno— de Carlos Salinas de Gortari.

La democracia iniciada en el siglo pasado no nació en un día. Fueron años de esfuerzo y derramamiento de sangre. Mucho menos fue una concesión de los gobiernos priistas enquistados en el poder por más de 70 años, acostumbrados a la simulación, y eso les valió aquella frase de Mario Vargas Llosa: “la dictadura perfecta”, pronunciada en un programa con Octavio Paz en 1990. Así nos veían en el mundo.

Las cosas cambiaron; no había de otra. Presión y organización dentro del país, protestas por los fraudes, acuerdos en lo oscuro y el nulo respeto por las decisiones de las mayorías. Desde fuera, el reacomodo de la geopolítica mundial exigía democracia.

Así se construyó el Instituto Federal Electoral. Se buscó que tuviera representación de todos los partidos, pero con distancia del poder y autonomía, esa que ahora no les gusta. Se invirtió mucho en contar con una buena credencial de elector, que no fuera fácil de clonar y que garantizara la identidad y un solo sufragio, aunque siempre se puede caer en malas prácticas. No había duda: las cosas habían cambiado. Debates por televisión, spots, entrevistas, comenzó la apertura en medios y, por fin, en el año 2000 hubo alternancia. Aunque el gobierno de Vicente Fox resultó una vacilada —pero eso es otra cosa—, no estuvo a la altura del reto, pero había llegado por la vía democrática.

Luego vinieron los procesos electorales de 2006 y 2012. López Obrador y los suyos se dijeron víctimas de un fraude que no pudieron probar; todo quedó en narrativa. Desde entonces se dedicaron a dinamitar al IFE y luego al INE, y por supuesto a sus consejeros, quienes incluso fueron amenazados. El INE fue quien organizó la elección de 2018, cuando López Obrador llegó a la Presidencia con una legitimidad como no se veía desde el año 2000. Lo mismo sucedió con Claudia Sheinbaum en 2024; en ambos procesos no hubo conflicto postelectoral.

La reforma electoral que viene es uno más de los encargos de López Obrador: una venganza contra una de las instituciones que llegó a tener reconocimiento internacional, como si se tratara de un ajuste de cuentas.

Durante décadas, votar era más un acto de fe que de certeza, pues el gobierno organizaba, contaba y calificaba los comicios: juez y parte, como se decía entonces. En pleno 2026 vamos por otra reforma electoral. Los indicios que se tienen apuntan a dar vida eterna a Morena. Muchos de ellos estuvieron del otro lado, en la construcción de la democracia. Hay que tener mucho cuidado con confundir la austeridad con la regresión, esa que pensábamos había quedado en la historia del país… Pero mejor ahí la dejamos.

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Hasta la próxima.

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