
RODULFO REYES
VILLAHERMOSA, Tabasco. En Tabasco, la violencia no sólo mata: también se recicla políticamente. Cada jornada sangrienta activa de inmediato a una fauna política que no pierde tiempo en contabilizar cadáveres para convertirlos en munición discursiva.
Este miércoles no fue la excepción. Apenas comenzaron a circular en redes los reportes de ataques armados y homicidios en distintos municipios, cuando el ex gobernador priísta Manuel Andrade Díaz apareció, puntual como reloj de tragedias, con su diagnóstico lapidario: “la falacia, la mentira de que la seguridad ha mejorado en Tabasco”.
La frase venía acompañada de un recurso infalible: “todo esto pasó hoy y apenas son las nueve de la noche”. No es una observación. Es un método. Porque a Andrade no le interesa explicar la violencia, ni entenderla, ni mucho menos proponer algo frente a ella. Le interesa explotarla.
Convertir cada asesinato en prueba de cargo, cada ejecución en eslogan político, cada cadáver en argumento para su cruzada personal contra el gobierno en turno.
Lo paradójico es que el autor de estas denuncias incendiarias no es precisamente un ciudadano recién llegado al debate público. Es un ex gobernador. Uno que, cuando tuvo el control de la policía, del Ministerio Público y de todo el aparato de seguridad del estado, tampoco dejó un legado digno de manual de buenas prácticas.
Pero esa parte de la historia suele borrarse con sorprendente facilidad.
Hoy Andrade habla como si hubiera gobernado un paraíso nórdico y no el Tabasco de los ajustes de cuentas silenciosos, los expedientes extraviados y las complicidades nunca aclaradas.
Critica desde la comodidad del olvido selectivo, como si la inseguridad fuera un fenómeno que apareció apenas con sus adversarios políticos.
La crítica es legítima. Nadie discute eso. Lo que resulta inquietante es la forma.
Andrade no denuncia para que se investigue; exhibe para que se consuma. No busca esclarecer; busca impactar. No pretende mejorar nada; pretende recordarnos que sigue vivo políticamente. Y lo hace con una ligereza que raya en el cinismo.
Porque reducir una jornada compleja, con hechos aún sin confirmar oficialmente, a la consigna de “la mentira de la seguridad” no solo es simplista: es irresponsable.
La violencia es real, sí. Pero también lo es la obligación de no manipularla. Más grave todavía: Andrade convierte las muertes en marcador político. No hay víctimas, hay cifras. No hay familias, hay estadísticas. No hay tragedias humanas, hay insumos para su narrativa.
En ese juego, el muerto deja de ser persona y se vuelve argumento. El contraste es brutal: mientras autoridades aún no emiten información oficial, mientras las fiscalías procesan escenas y recaban datos, mientras las familias comienzan el duelo, el ex gobernador ya está dictando sentencia desde Facebook, sin matices, sin contexto y —por supuesto— sin una sola autocrítica sobre su propio pasado.
No es nuevo. Andrade lleva años instalado en la política de la descalificación permanente. Pero ahora ha dado un paso más: ha cruzado la frontera entre la crítica política y el aprovechamiento sistemático del horror.
Y eso, en cualquier código ético mínimo, debería incomodar. Porque si de verdad le preocupara la seguridad de Tabasco, hablaría de estrategias, exigiría planes, pediría indicadores, preguntaría por capacidades institucionales. Pero no. Prefiere la frase incendiaria, el post viral, el golpe inmediato.
La violencia como escenografía. La muerte como utilería. El dolor como combustible político.
Paradójicamente, ese discurso termina por trivializar lo que dice combatir. Si todo es catástrofe, nada lo es. Si cada noche es “prueba definitiva”, ninguna lo será mañana. La exageración constante vacía de sentido incluso a las tragedias reales.
Tabasco tiene un problema serio de violencia, sí. Pero también tiene otro problema igual de delicado: políticos que descubrieron que la sangre rinde.
Y cuando un exgobernador hace de los muertos su principal capital político, el deterioro ya no es solo de seguridad. Es moral.
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