
MARÍA AMPARO CASAR
Ayer se cumplió el primer año del segundo periodo de Trump como presidente de Estados Unidos. La prensa y la academia está llena de inteligentes y equilibrados análisis de su política exterior e interior. Es poco lo que se puede agregar y la manera en que puedo resumir el consenso es que en política exterior, la soberanía -en cualquiera de sus múltiples acepciones- de las demás naciones no es un valor ni principio de acción. En política interior, el rasgo que resalta y define a la presidencia de Trump es que la democracia está en su cuarto menguante y el poder absoluto en su cuarto creciente.
Nada está quedando de los valores que guiaron la hegemonía indiscutible de Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial basada en el capitalismo de libre comercio, la competencia y la prosperidad. Por su parte, la arquitectura institucional de pesos y contrapesos ideada por Los Federalistas en el S. XIX jamás había sufrido una amenaza como la que enfrenta hoy.
A base de artimañas, ilegalidades y abusos -que van desde el indulto a quienes participaron en el asalto al Capitolio en 2021, el desmantelamiento de lo que los estadounidenses llamaron siempre el gobierno permanente o servicio civil, la intervención en autonomía de la Reserva Federal, la intervención de la Guardia Nacional y el ejército en los estados o los ataques a la libertad de prensa- ha gobernado en este segundo periodo como un presidente autócrata tal y como lo describió Schlesinger en su clásico The Imperial Presidency.
Su argumento central era que la oficina presidencia se había apropiado gradualmente de la autoridad sobre asuntos internos, pero sobre todo externos y en momentos de crisis, abusando de los poderes limitados que le otorga la Constitución. Es un análisis sobre la creciente concentración del poder en la presidencia en detrimento del Congreso y el abuso de los muy laxamente definidos poderes de guerra y otras leyes de emergencia. Este libro escrito en 1973 hoy se quedaría corto, muy corto, si analizara tan sólo el primer año de Trump en el poder. Tendría que reescribirse para quitar el acento en los momentos críticos de política exterior y agregar los asuntos cotidianos de la administración interna.
Años después el historiador Enrique Krauze (1997) escribiría su La Presidencia Imperial para retratar al México de la hegemonía del PRI desde 1940 hasta 1996 cuando reinaron los presidentes del partico casi-único y no existían límites políticos al actuar del poder ejecutivo. Ya en la última década del siglo pasado México comenzó a evolucionar hasta colocarse entre las naciones democráticas con tres poderes que podían ejercer su autoridad en los ámbitos reservados para cada uno y a compartir o colaborar -so pena de la parálisis- en los ámbitos en que la Constitución así los obliga: nombramientos, elaboración y aprobación de leyes, asuntos presupuestales o declaración de estado de excepción. El federalismo, a decir verdad, nunca ha funcionado en México. Ni en la época del partido hegemónico ni, después, cuando accedimos a la democracia.
El federalismo, a decir verdad, nunca ha funcionado en México.
Hoy, las dos naciones involucionan para despreciar o deformar la definición de democracia. Con sus vaivenes Estados Unidos vivió con el valor de la democracia y de los límites al poder durante toda su historia independiente. México nunca lo hizo hasta 1997 cuando surgió el primer gobierno sin mayoría. Nos duró poco. Ahora los dos países se miran en el espejo de la presidencia imperial. Estados Unidos con Trump y México con la 4-T.
En realidad, Trump se parece más a López Obrador quien no pudo modificar la Constitución por carecer de la mayoría calificada. Trump ni siquiera lo ha intentado; sabe que su apoyo en el Congreso y en los estados de la Unión Americana no le alcanzan. Por eso ambos se vieron en la necesidad de darle la vuelta a la Constitución o, de plano, caer en la ilegalidad.
La segunda presidencia de la 4-T está en una posición más ventajosa. A base de trampas se hizo de la mayoría calificada. Con ella tuvo campo abierto para acabar con los órganos autónomos y, de paso, constituir un nuevo poder judicial desde la base hasta la cúspide subordinado a la presidencia.
A base de trampas se hizo de la mayoría calificada.
Con todo y su poder desbocado Trump todavía está acotado. Enfrenta límites producto de su arquitectura institucional que todavía resiste -independientemente de la correlación de fuerzas en el Congreso- a través del Poder Judicial y de un federalismo resiliente. Además, su soberanía no está en riesgo por fuerzas extra-estatales como el crimen organizado. En este último aspecto Estados Unidos también nos aventaja porque México ha cedido parte de su soberanía a los cárteles de la droga.
El declive y desencanto mundial por la democracia avanza más rápido en algunos países que en otros. En México ha sido vertiginoso y estamos en espera del último jalón: una reforma electoral que, aunque no la conozcamos a detalle, estará guiada por un único propósito: volver a la presidencia imperial y establecer un marco constitucional para su perpetuidad.
Entresemana Información entresemana que forma opinión