
EDUARDO MERAZ
Un año ha pasado desde que Donald Trump volvió a instalarse en la Casa Blanca, y en México, los vuelos y revuelos de la política han alcanzado alturas y calenturas insospechadas, como hacia muchos tiempo no ocurría y prácticamente ha marcado pauta en esta nueva versión de la “buena vecindad” entre ambas naciones.
La presidenta Claudia Sheinbaum, en su primer tramo de gobierno, ha debido navegar entre tormentas y claros, entre exigencias del vecino del norte y las aspiraciones de un país en busca de afirmarse en su propio destino.
La “buena vecindad” a lo largo de más de cinco décadas, siempre fue bandera diplomática, hoy se reviste de un pragmatismo feroz: acuerdos negociados bajo presión, planes nacionales desdibujados frente a la imposición de nuevas reglas comerciales y migratorias.
Trump, fiel a su estilo, está convencido que la grandeza de Estados Unidos pasa por redefinir el statu quo global, y México, como socio inmediato, se encuentra en la primera línea de fuego y, en no pocas ocasiones, ha sido blanco de denostaciones y represiones.
En estos 365 días, los vuelos y revuelos políticos y económicos, medio trumpicados, han provocado ajustes profundos en los propósitos y anhelos de los gobiernos cuatroteístas, dejando sin fondo la narrativa presidencial.
En este primer año de la segunda presidencia de Trump, las exigencias han sido claras: resultados tangibles, no discursos; cifras verificables, no estadísticas maquilladas.
El Plan México, concebido como hoja de ruta para el desarrollo nacional, ha quedado en suspenso. El Plan Nacional de Desarrollo, que pretendía delinear la política industrial, energética y agropecuaria, se ha visto obligado a plegarse a las demandas del vecino poderoso, a fin de evitar sanciones o acciones punitivas.
Sheinbaum, heredera de un proyecto político que prometía transformar la vida pública, pero debido a la corrupción no sólo quedó trunco, sino maltrecho y bajo sospecha, enfrenta ahora la paradoja de gobernar con brújula propia, pero bajo coordenadas ajenas.
Los vuelos de sus propuestas chocan con los revuelos de las exigencias norteamericanas. Y en ese choque, la política mexicana se redefine, se ajusta, se repliega, como ha quedado plenamente demostrado en materia migratoria.
México, puente inevitable hacia el norte, se convierte en guardián involuntario de fronteras que no son suyas. La presión para contener flujos migratorios ha derivado en operativos más estrictos, en acuerdos que obligan a desplegar recursos humanos y financieros para frenar caravanas que buscan el sueño americano.
En el terreno comercial, las reglas también han cambiado; los déficits que Estados Unidos mantenía con ciertos socios se han convertido en argumento para renegociar tratados, imponer aranceles, condicionar exportaciones.
México, con su dependencia histórica del mercado estadounidense, se ve forzado a aceptar condiciones que limitan su margen de maniobra y pende de un hilo la vigencia del tratado de libre comercio, el T-MEC.
Pero los vuelos y revuelos no se limitan al ámbito internacional. En el interior, la presidenta Sheinbaum enfrenta críticas por la aparente subordinación de su proyecto a las demandas externas; los sectores más radicales de la llamada “cuarta transformación” reclaman coherencia y firmeza, mientras los pragmáticos advierten que la sobrevivencia política pasa por evitar sanciones y represalias.
La anulación de planes estratégicos no es solo un asunto administrativo: es un golpe simbólico a la narrativa de soberanía y autonomía que había acompañado al nuevo gobierno. La ciudadanía, siempre atenta a los gestos, percibe la tensión entre el discurso de independencia y la realidad de la dependencia.
La “buena vecindad” de antaño se reinventa en clave de exigencia, ya no se trata de cooperación amistosa, sino de cumplimiento obligatorio. Trump ha marcado la pauta, y México debe seguirla si quiere evitar castigos.
Los vuelos y revuelos de aeronaves estadounidenses y mexicanas desde el pasado fin de semana y hasta este martes, entre capacitaciones de fuerzas armadas y envío de capos del crimen organizado, han generado congestionamientos ideológicos entre la clase gobernante; constipamiento que habla de un condición poco saludable de la República mexicana.
La debilidad originada por las reformas impuestas en la actual administración mexicana, sobre todo las de carácter judicial -aumento de delitos graves, prisión preventiva oficiosa, reforma del poder judicial, casi anulación del amparo- no sólo afecta derechos de los mexicanos, sino también reblandecen la fortaleza gubernamental.
Los vuelos y revuelos de este primer año son apenas el inicio de una travesía que promete ser larga y accidentada.
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