EL OTRO DATO/ Groenlandia, garantía de paz mundial: Trump

JUAN CHÁVEZ

El mundo ha padecido, en un año, las insensateces del presidente Donald Trump.

En un mensaje de texto, Trump dijo al primer ministro de Noruega que ya no se sentía obligado a “pensar puramente en la paz” y que el mundo no estaría seguro hasta que EU controlara la isla.

A un año de su regreso a la Casa Blanca (su segundo periodo presidencial), Trump ha desmantelado el orden internacional que se sustentaba en el comercio abierto, en el flujo libre de mercancías, bienes, inversiones, monedas y recursos.

Con los altos aranceles impuestos a Canadá, México, China, India y otras potencias económicas, Trump amenaza la paz.

Y para colmo, la economía americana no ha tenido el despunte que él esperaba. Más aún, su caída gradual en las encuestas y sus niveles de aprobación interna demuestran el descontento de la ciudadanía porque el “costo de vida” sigue siendo alto, contrario a sus promesas de campaña.

Este 20 de enero se cumplió el primer año de su segundo mandato, en el que las decisiones tomadas han atropellado la ley sin decoro alguno, y en el que se han tomado múltiples medidas que debilitan el marco institucional y democrático de los Estados Unidos, lo que resultaba impensable apenas hace unos años.

Pero ese es Trump, el personaje dominante de la política americana y del mundo. Revestido de un ego descomunal, convencido de su superioridad para abordar todos los temas con el uso de la fuerza y declararse un profeta de la paz.

Ayer, inclusive, dijo que ya no le importaba tanto enfrentarse a Europa por Groenlandia.

Y la Unión Europea amenaza con enviar a las fuerzas de la OTAN a Groenlandia, para enfrentar las amenazas del empresario neoyorquino.

Hay una “guerra de narrativas” comenzada por la ambición territorial de Trump. Ya gobierna Venezuela, luego de derrocar y aprender al dictador Nicolás Maduro. Va tras de Cuba y sueña con anexarse a Canadá y México, como los estados 51 y 52 de la Unión Americana.

La esperanza son los contrapesos en las elecciones de medio término el próximo noviembre, que lo puedan contener en alguna medida.

El conflicto con Estados Unidos está generando un problema de gobernabilidad en México: amagos militares aéreos en los linderos del espacio aéreo mexicano. Insinuaciones sobre cuáles y dónde se encuentran los objetivos (los cárteles de la droga). Endurecimiento del discurso público en Washington. Extrañamientos y exigencias en privado.

Trump le dio una vuelta a la perilla de la estufa mexicana y habló de narcopolíticos con la presidenta Claudia Sheinbaum. Se puede alegar que estamos viviendo el momento más delicado en un siglo de relaciones bilaterales.

¿Y en Palacio Nacional?

Sheinbaum está atrapada en el choque entre el presidente de Estados Unidos y el ex presidente de México que gira en torno al elefante en la sala: La economía criminal alterna que, de acuerdo con las investigaciones estadounidenses, construyó López Obrador con tres pivotes: el general Audomaro Martínez, el senador Adán Augusto López Hernández, y el subsecretario de Agricultura, Leonel Cota.

Aquí no creen en ese tipo de pecados criminales, pero allá, del otro lado del río Bravo, sobre la base de testigos, intervenciones telefónicas y electrónicas, no tienen duda alguna.

También, no pretenden, y no le han dicho a Sheinbaum, que se los entregue para que los juzguen allá; lo que piden es que no haya impunidad y que los juzguen aquí.

La Presidenta Sheinbaum enfrenta múltiples dilemas: cómo evitar acciones de fuerza unilaterales que no la lleven a una situación extraordinaria donde su discurso soberano y su cabeza fría se licuen ante la realidad; cómo desmantelar la red criminal en donde los políticos juegan una parte central, sin que el ala radical de Morena –los más, porque están en el poder, pero no los únicos– se levante en su contra; cómo mantener la protección que exige López Obrador para los suyos sin continuar la dinámica desgastante con Estados Unidos, que son para los que pide que no haya impunidad; y como evitar un colapso del acuerdo comercial norteamericano, contaminado por lo anterior.

La tensión con Estados Unidos está comprometiendo la capacidad del Gobierno para tomar decisiones autónomas, evidenciando su debilidad institucional –la postergación de la reforma electoral, según funcionarios mexicanos, estuvo directamente relacionada con las presiones de Washington de la última semana– y su improvisación diplomática. El ejemplo más claro fue que la llamada telefónica con Trump no corrió por los conductos normales, sino por una petición directa de la presidenta al embajador Ron Johnson. ¿Es el nivel de interlocución al que le alcanza a la presidenta? Si es así, estamos en problemas, estamos fritos.

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