JUEGO DE OJOS/ Ícaro en La Laguna

MIGUEL ÁNGEL SÁNCHEZ DE ARMAS

Se llamaba Cliserio y quería volar. No quería viajar, ni huir, ni llegar a otro lugar ni conocer nuevas tierras. Quería ver el mundo desde el cielo, como lo ven las aves.

Tenía diecisiete años y era campesino del ejido Florencia en la Comarca Lagunera, uno de tantos hijos del surco y del polvo. Todos los días miraba el despegue de los aviones del aeropuerto de Torreón. Por las noches en la cama de paja de la choza de sus padres se dormía imaginando casas diminutas, caminos que se encogen, hombres convertidos en puntos. No soñaba con motores ni con rutas aéreas. Soñaba con la altura.

Sin saberlo, Cliserio estaba repitiendo una historia antigua. No la había leído. Nadie se la contó. En su mundo no había mitología griega ni advertencias solares. Pero el impulso era el mismo: elevarse aunque el cuerpo no esté hecho para eso. Ícaro también fue joven. También creyó que bastaba el deseo.

Sabía que nunca tendría dinero para subirse a un avión, así que hizo lo único que podía hacer un muchacho muy pobre con una obsesión muy grande: se acercó y buscó la oportunidad. “Comenzó por apersonarse con los mecánicos del Aeropuerto”, recuerda el cronista Federico Sáenz Negrete. “Era común verlo servir de achichincle entre los trabajadores del puerto aéreo. Era aceptada la presencia del joven que acariciaba el fuselaje de los DC-3 con verdadero respeto e ilusión.”

Tampoco sabemos cómo le fue creciendo la idea de que bien colocado y detenido con firmeza podría acompañar al pájaro metálico en su ascenso. Lo que sí tuvo claro fue que era algo que sólo al amparo de la noche podría lograr. En su crónica de El Siglo de Torreón, Sáenz Negrete explica: “El joven observó perfectamente la mecánica de aterrizajes y despegues. Sabía que dependiendo del viento, los pilotos, en coordinación con la torre de control, elegían el sentido del despegue y que antes de iniciar la carrera, el avión se detenía unos minutos para probar los instrumentos. Esos minutos podrían ser el momento adecuado para abordar el aparato y aferrarse al fuselaje. Ya lo había practicado con aviones que estaban en mantenimiento. Su cuerpo encajaba perfectamente en el ala trasera y podría apoyar los pies en el empenaje, donde los flaps ensamblan con el ala. Practicó cómo insertar los brazos para quedar bien sujeto cuando llevara a cabo su soñado vuelo. Sueño de un niño campesino, qué le vamos a hacer.”

En la noche del 8 de octubre de 1950, Cliserio se coló por un desgarro de la reja perimetral del aeropuerto en espera de su oportunidad. Vio aproximarse el DC-3 XA-FUM de “Líneas Aéreas Mineras”. A los controles iban el capitán Jorge Guzmán Lavat y el primer oficial Guillermo Bueno, con 21 pasajeros, diputados y senadores, que viajaban a la capital de la República.

Esa noche soplaba viento del sureste y el avión se dirigió a la lejana cabecera 12 en donde Cliserio se ocultaba. Los pilotos lo alinearon, checaron magnetos, aceleraron e iniciaron la carrera de despegue. Faltaban unos minutos para las 12 de las noche. En ese momento Cliserio saltó y se abrazó a la cola. Al empenaje. Al timón trasero derecho. Se quedó ahí.

Guzmán Lavat era un piloto experimentado, formado en una generación donde volar no era un oficio sino una prueba. Fue piloto en la Real Fuerza Aérea Canadiense durante la Segunda Guerra Mundial y era extremadamente profesional, muy admirado y estimado en la aviación mexicana. Pertenecía a esa estirpe de aviadores para quienes el riesgo no era abstracto. Hombres que habían pensado la muerte en serio.

Al despegar sintió una vibración leve. Luego otra, más intensa. No le gustó. La experiencia le habló antes que los instrumentos. Media hora después decidió regresar. Algo no estaba bien. Quizá en ese momento no podía saberlo, pero el peligro que no lo alcanzó en cielos europeos pudo haberlo esperado ahí mismo, sobre Torreón. No en combate, sino en un vuelo doméstico, con traje civil y pasajeros ilustres, por un muchacho colgado del fuselaje como una idea imposible.

“Afortunadamente”, dice Sáenz, “el piloto giró el ala hacia donde nuestro héroe se aferraba a la vida, de haberlo hecho al lado contrario, la fuerza centrífuga hubiese lanzado a Cliserio por los aires y su historia hubiese permanecido en el limbo.”

Cuando aterrizaron, la cola bajó con violencia. Al inspeccionar encontraron al muchacho que quiso volar. Cliserio estaba apenas estaba consciente y desnudo salvo un gorro y unas gafas de aviador. El viento de 290 kilómetros por hora le había desgarrado la ropa y nadie se explicó cómo había sobrevivido al frío.

Ícaro cayó al mar. Cliserio no. No porque fuera más sabio, sino porque el mundo en que cayó era otro. No cera ni plumas, sino aluminio y tornillos. No dioses vigilantes, sino un piloto atento que decidió volver.

Nadie celebró la hazaña de Cliserio. Se habló de cargos, de castigos ejemplares, de barrotes de prisión, de poner orden en el cielo. Pero llegaron los periodistas, la historia dio la vuelta al mundo y el pueblo decidió otra cosa. La revista Time publicó la hazaña con la cabeza “Free Loader”. Se organizaron colectas populares en la toda la Comarca Lagunera para pagar la fianza y liberarlo. Dos médicos laguneros avecindados en la Ciudad de México enviaron fondos suficientes para la defensa legal. Dicen que Pedro Infante, también piloto, ayudó. Y así fue como Cliserio obtuvo su libertad. “Una libertad bastante menor a la que había obtenido aquella noche estrellada, cuando desafió todo el catálogo de leyes y candados que fijan nuestras cadenas, muchas veces autoimpuestas,” reflexionó Sáenz.

Con el tiempo, Cliserio aprendió a volar y montó una empresa de fumigación aérea en Chiapas. Murió en 1997, viejo ya.

En la mitología, el castigo es ejemplar. En la realidad mexicana, a veces hay indulto. No por justicia divina, sino por terquedad humana.

Se llamaba Cliserio Reyes Guerrero. Y antes de ser piloto, antes de ser mito, antes de ser noticia, fue eso: un muchacho campesino que quiso volar.

 

18 de enero de 2026

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