EL OTRO DATO/ Con la reforma electoral, México regresaría a los años 70

JUAN CHÁVEZ

La presidenta frenó a Pablo Gómez y declaró, enfática, que la autonomía del Instituto Nacional Electoral (INE), está plenamente garantizada.

Claudia Sheinbaum adelanta que la reforma electoral no afectará la autonomía del INE y que hay consenso en reducir el costo de las elecciones.

Rechazó las acusaciones de autoritarismo en la propuesta.

Pero Ricardo Monreal, presidente de la Junta de Coordinación Política en la Cámara de Diputados, apunta que los partidos del Trabajo y Verde Ecologista, los aliados de Morena, no están de acuerdo con la reforma electoral que impulsa la presidenta y que, en tal tesitura, no sería posible aprobar las 17 reformas constitucionales que un nuevo panorama electoral y político del país, impone.

El Partido del Trabajo y el Verde Ecologista no quieren que se eliminen las diputaciones y senadurías “pluris”, que son su pase a las preferencias financieras que el Estado les entrega prolíficamente. Son su “modus vivende”

La reforma destaca la intención de reducir el gasto en las elecciones, garantizar la autonomía del Instituto Nacional Electoral (INE) y asegurar una representación adecuada para las minorías.

Se mantendrían los “pluris”, pero desaparecerían los órganos electorales de los estados.

La reforma electoral propuesta por la doctora Sheinbaum, en sí, es regresiva, ubicaría a México, electoral y políticamente, en aquellos años del período de Gustavo Díaz Ordaz.

«Aún no hemos presentado la propuesta y ya la calificaron, ya la han denominado Ley Maduro. Se habla de que soy autoritaria, pero aún no hemos presentado nada», dijo la presidenta este jueves en relación a las críticas que se generaron por la reforma.

Si a la falta de certeza jurídica generada por la inconclusa reforma judicial se añade la falta de certeza política por la reforma electoral se estarán regalando motivos al gobierno de Estados Unidos para aumentar la presión o, peor aún, para actuar de manera directa y unilateral.

Aunado a ello, si en medio de esa circunstancia y teniendo enfrente la renegociación del tratado comercial con Estados Unidos y Canadá, el gobierno y Morena ponen en juego su alianza con los mercaderes de los partidos Verde y del Trabajo y le dan banderas y motivos a la oposición, el movimiento en el poder no sólo perderá cohesión, sino también capacidad de acción.

Emprender ahora la reforma electoral podría resultar contraproducente: en vez de fortalecer al gobierno, podría debilitarlo y provocar un costo enorme al país.

Pueden los radicales de Morena alentar la idea de culminar el cambio de régimen con la reforma electoral porque es ahora o nunca, pero no pueden ignorar el contexto. Si aun así resuelven sacudir los cimientos de la democracia no deberán asombrarse si, por las ansias, provocan en un colapso.

Más vale no jugar con fuego, en medio de una atmósfera con olor a pólvora.

Para que el país tenga reforma electoral que le permita rescatar el juego democrático perdido en los 7 años de la autodenominada cuatroté, es necesario, más que nada, promover y defender la democracia representativa, garantizar el derecho al voto, garantizar el pluralismo político, asegurar la autonomía del electorado y la neutralidad del gobierno durante los procesos electorales, garantizar la independencia y la competencia técnica de las autoridades electorales.

Comenzar de nuevo diríamos porque desde la llegada al poder de López Obrador y ahora con Sheinbaum en Palacio Nacional, hemos regresado a los años del partido hegemónico en el poder, como se pretende ahora con la iniciativa de reforma electoral que impulsa Claudia Sheinbaum.

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