PULSO/ La 4T y la paronimia de democracia

EDUARDO MERAZ

La democracia parece haber sido secuestrada por la paronimia. Se pronuncia igual, se escucha igual, pero su significado se ha deslizado hacia un abismo distinto, pues para el cuatroteísmo, es, más bien, un traje a la medida de sus caprichos, un disfraz que se ajusta a la silueta del poder.

Esa corriente que se proclama heredera de la justicia social y la regeneración nacional, hoy convertida en “izquierda Chanel”, la democracia no es el sistema de equilibrios y contrapesos que los politólogos describen, ni la práctica plural que los lingüistas celebran, ni la construcción colectiva que los sociólogos estudian.

Aunque se pronuncia y se escucha de la misma manera, para el cuatroteísmo la democracia es un concepto totalmente distinto. La paronimia, esa cercanía engañosa entre palabras que parecen hermanas, pero no lo son, se convierte en metáfora de un gobierno que dice una cosa y practica otra.

De acuerdo con algunos diccionarios, las palabras parónimas son aquellas que se asemejan por su sonido, su escritura o su origen, pero tienen distinto significado.

Y eso es justamente uno de los objetivos del presente gobierno, decirse democrático, pero con distinto significado. Algo semejante se podría aplicar para los términos soberanía y autonomía, cuyo sonido y escritura todo mundo conoce, pero para los prohombres del morenismo, adquieren un significado grupal, casi personal.

Bajo ese principio general, nada es verdad ni mentira, todo es según el color guinda con el cual se miran las instituciones, vueltas espejismos.

Programas, proyectos, acciones: todos cobran carta de naturalización si cuentan con el visto bueno del partido en el poder; si no lo tienen, se desvanecen como humo, se vuelven inexistentes, pues la lógica es simple y brutal: lo que no se ajusta al canon oficial carece de legitimidad.

Así, la democracia se convierte en parónima de obediencia, la soberanía en sinónimo de control, la autonomía en disfraz de subordinación.

Y es en esa lógica de pensamiento estrecho a la cual se ciñe con fruición Pablo Gómez, y desde la cual visualiza la reforma electoral, bajo la directriz de Palacio Nacional, donde los fantasmas del pasado inmediato y los traídos por los vientos del norte empiezan a generar una escenografía un tanto cuanto tétrica.

Para el cuatroteísmo, los propios espíritus chocarreros que le dieron vida y poder (corrupción, chantaje, evasión de la ley, huachicoleo de todo tipo, relaciones peligrosas y cinismo), a través de los cuales tiene el control de los poderes ejecutivos, legislativos y judiciales en los tres niveles de gobierno, parece se empiezan a revertir por los abusos.

Esos “aliados” que durante el sexenio 2018-2024 se dieron un festín, se están dando cuenta de que tantos años de impericia se traducen ya en rendimientos estancados o decrecientes, por lo cual conservar las mismas condiciones pactadas en la administración previa, pueden conducir a una debacle.

El poder, como todo banquete, tiene un límite: cuando los platos se vacían, los comensales se levantan.

Así, para quien fuera dirigente en el movimiento de 1968, hoy de izquierda Chanel, la austeridad republicana en la lucha electoral es fortalecer la democracia, a la cual él concibe con menos recursos para el árbitro y los partidos, con representación disminuida de las minorías y el control de las autoridades electorales.

El titular de la Comisión Presidencial para la reforma electoral, reconoció que la importancia del aparato burocrático de las autoridades electorales, que dijo, son “los elementos fundamentales para poder hacer valer la soberanía popular, son los grandes instrumentos de los comicios”.

Gómez vaticinó que la reforma electoral no tendrá consenso y aseveró que nadie quiere “consejeros avasallados” en ningún órgano de gobierno.

La democracia, en su concepción, no necesita pluralidad ni abundancia de voces, sino disciplina y obediencia. Menos recursos, menos diversidad, más control.

La paradoja es evidente: se busca fortalecer la democracia debilitando sus instituciones, se proclama la soberanía popular mientras se reduce la capacidad de representación.

La democracia parónima de la 4T es, en realidad, un espejo deformante; refleja las palabras que todos conocemos, pero las devuelve con un significado distinto. La historia enseña que los gobiernos que manipulan el lenguaje para ajustar la realidad a sus caprichos terminan atrapados en sus propias trampas.

Por esta y otras muchas cosas más, la 4T, al redefinir los términos, corre el riesgo de vaciar la democracia de su contenido y convertirla en una paronimia de sí misma.

Es un juego peligroso, porque las palabras, aunque flexibles, tienen memoria; la ciudadanía, aunque paciente, tiene límites; y el poder, aunque vasto, tiene caducidad.

He dicho.

EFECTO DOMINÓ

Según un amplio artículo publicado en The Wall Street Journal, la principal preocupación del gobierno mexicano hoy, es que cualquier acción contra legisladores o funcionarios de Morena podría debilitar la posición interna de la presidenta y generar tensiones entre la base del partido.

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