
EDUARDO MERAZ
Las relaciones entre México y Estados Unidos en estos días de inicio de 2026, se llevan a cabo en medio de un clima brumoso, escenario perfecto para quienes desean perder el rumbo.
Y esa neblina espesa no sólo oculta los caminos, sino también confunde las brújulas políticas y económicas de ambos países, como queda demostrada con la posible intrusión estadunidense para atacar a los cárteles mexicanos del crimen organizado, o bien, una corpórea guerra comercial, por la falta de certidumbre.
Las decisiones del presidente estadounidense Donald Trump se convierten, así, en decisiones de fuerza:“trumpadas” y “trumpicadas”, golpes de voluntad por encima de la diplomacia, buscando imponer un orden propio, aunque sea a costa de la estabilidad regional.
En cualquiera de estas dos batallas, la iniciativa por la cual se incline el presidente estadounidense Trump, seguramente encenderán el masiserismo ramplón y convenenciero del “cuatroT”, más interesado en viajes por Europa y en primera clase.
Sin duda, una presencia militar de Estados Unidos en territorio mexicano, la milicia norteamericana cruzando la frontera para capturar a los capos del narcotráfico no es nueva, pero en este tiempo cobra un aire más tangible.
Los criminales, armados hasta los dientes con tecnología bélica que rivaliza con la de ejércitos formales, no se quedarían de brazos cruzados; la resistencia sería feroz, y las bajas, inevitables. Una “trumpicada” de proporciones mayores, que podría superar incluso los episodios de violencia vividos en Venezuela.
El suelo mexicano, ya marcado por cicatrices de sangre, se vería convertido en campo de batalla de intereses ajenos, con consecuencias imprevisibles para la población civil, en esos afanes por capturar a los capos mexicanos de
Son precisamente estas posibles condicionantes por las cuales, el gobierno de Trump optaría por un esquema menos disruptivo y más lento como una especie de batalla comercial, pues un bloqueo al intercambio de bienes y servicios entre México y Estados Unidos sería como colocar un torniquete en la arteria principal de la economía mexicana.
El costo humano de esa “trumpada” sería tan alto como el de una intervención militar, aunque se manifestara en hambre, desempleo y desesperanza en lugar de balas.
El dilema es cruel: ¿qué es peor, la violencia inmediata de una incursión armada o la lenta agonía de un bloqueo económico? Ambas opciones parecen diseñadas para doblegar al gobierno mexicano, para ponerlo contra las cuerdas y obligarlo a negociar desde la debilidad.
Y en ese tablero, la presidenta Claudia Sheinbaum enfrenta la pregunta inevitable: ¿tiene su administración las herramientas, la preparación y la fortaleza para resistir?
La ausencia de vías alternas, confiables y de buenas proporciones para el flujo de drogas, armas, migrantes adheridos al envío de mercancías de México a Estados Unidos y la imposibilidad de ayuda gubernamental amplia, pueden derivar en expresiones de violencia cada vez más escandalosas.
A su vez, el embudo en el comercio -ida y vuelta- de productos de todo tipo, frenaría de manera grave el crecimiento de la economía mexicana, con sus consecuentes efectos en empresas, empleos, carestía, servicios públicos. Pero el mayor peso, lo tendría el pago de la deuda pública y la devolución de impuestos -mal llamados programas sociales-, pues la recaudación fiscal prácticamente se detendría.
Ante estos escenarios, en particular el segundo -el bloqueo comercial-, ¿cabe la duda de si la presidenta Claudia Sheinbaum puede despejar la bruma que sigue cubriendo el horizonte y sobrevivir a las “trumpadas” y “trumpicadas”?
EFECTO DOMINÓ
Si en diciembre pasado se perdieron más de 300 mil empleos y en todo el año, México sólo logró crear 278 mil plazas, ¿el Plan México y sus impulsores, van bien o van mal?
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