SINGLADURA/ Pronósticos siniestros

ROBERTO CIENFUEGOS J. @RoCienfuegos1

La violencia y el crimen en México registran tasas tan elevadas en los últimos años, antes, incluso y por supuesto, de que la pomposamente llamada cuarta transformación se hiciera del poder, que todos los vaticinios permiten anticipar, sin rubor ni contención alguna y mucho menos la esperanza de impedirlo, un número mayor de muertes este mismo año. Dicho de otra forma, muchos mexicanos damos por muertos a muchos más que aún están vivos, estamos dijo el otro. Una catástrofe, sin duda. Las muertes violentas en el país han atrapado nuestra imaginación, que danza de manera siniestra. Claro, siempre y cuando esas muertes ocurran al lado, atrás y/o delante de nosotros, y nunca resulten las de nosotros mismos o de aquellos más cercanos a nuestro afecto y vida cotidiana. Estos últimos, nosotros mismos, que no muramos por la violencia imperante y avasallante en México. Los otros, pues esos ya son y serán otra historia en nuestro México sufriente todos los días, tan entrañable y tan ajeno al mismo tiempo.

Así andamos en este país, que al cabo de más de cinco años de transformación, más de seis años de una guerra declarada al crimen y el narcotráfico, y un sexenio previo que quiso cambiar la retórica criminal, sólo suma y sufre fracasos en cada intento, si es que éstos son y han sido ciertos. ¡Pamplinas, una, dos y tres!

Y no me vengan a decir que hay otros datos, que vamos requetebién o que ya quebramos la incidencia criminal, porque ésta ahoga prácticamente al país entero, quizá con uno u otro reducto seguro para gobernados y patrimonios, un segmento poblacional cada vez más exiguo porque en este país el crimen y la politiquería, la primera a cargo de desalmados empoderados, y la segunda bajo la irresponsabilidad de auténticos mercachifles, vienen a ser dos de las pocas actividades rentables en el país.

Los datos, los oficiales por supuesto y a los que todavía se puede acceder, revelan más de 160 mil homicidios dolosos este sexenio, o el quinquenio hasta ahora. Ah, pero estamos apostando con sobrada solvencia, a que en los meses que faltan de aquí al primero de octubre, cuando el hoy modesto inquilino de Palacio Nacional ceda la estafeta a quien proclama como mucho mejor que él mismo, México podría registrar unas 200 mil muertes violentas. Este pronóstico trágico parece que nos enaltece por su exactitud o porque asumimos que realmente somos “unas chuchas cuereras” en eso de vaticinar el mal. Así andamos.

Qué grave, que el gobierno diga que no es para tanto, que hay amarillismo y muchas exageración de los conservadores, de los periodistas pagados y/o corruptos, o de aquellos que lucran con el dolor ajeno e incurren en politiquería, como si estos “argumentos”, de índole estrictamente propagandística, desaparecieran o al menos redujeran la muerte criminal en México.

Desde el poder se ha llegado a sostener que a los adversarios políticos del actual régimen les encantan las muertes para afectar la imagen de un gobierno que se reivindica como uno de marcha firme, solvente y que está en la ruta correcta, la única y genuina para resolver los peores problemas del país, -esto porque con excepción de las mujeres y hombres hoy en el poder y que se empeñan en preservarlo sea como sea, nadie tiene y mucho menos puede tener otras soluciones para México-.

Una sola condición, -nada es gratuito en esta vida- lo único a que convoca esta nueva pléyade en el poder, o esta nueva hornada de iluminados, es a que se le extienda más tiempo, mucho más tiempo, para -argumenta- redondear y consumar la mayor obra transformadora que en tiempos de paz -eso dicen- haya encabezado un gobierno, el más compasivo, el más humanista, el que manda obedeciendo, en pocas palabras, el único que encarna a un pueblo. ¡Cabriolas y más cabriolas! Así andamos en este país.

@RoCienfuegos1

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