SINGLADURA/ Poder y popularidad

ROBERTO CIENFUEGOS J. (@RoCienfuegos1). Es cierto, el presidente Andrés Manuel López Obrador ofreció con su ascenso al poder un cambio de régimen, y no sólo de gobierno. En eso lleva cuatro años con todo su equipo ejecutivo, correligionarios, legislativo federal, gobiernos y la mayoría de los legislativos estatales, éstos dos últimos multiplicados tras las elecciones de junio del 2021, el gobierno de la doctora Claudia Sheinbaum, aun cuando este último haya resultado el único que resintió pérdidas fuertes ese mismo año, en fin, un poder avasallante, al que hay que agregar por si fuera poco, el respaldo absoluto de las fuerzas armadas nacionales, que si bien siguen siendo leales a la Constitución, se han embarnecido como nunca antes en un periodo sexenal.

También es cierto que el presidente mantiene un alto porcentaje de aceptación social, conforme revelan prácticamente todos los sondeos conocidos y difundidos públicamente. Esto en buena parte, hay que anotarlo, por las transferencias económicas que se hacen a millones de personas, entre ellas las muy pobres, pero también a otras tantas que no lo son tanto y ni siquiera un poquito, pero que cumplen el criterio de toda ley: su aplicación general, y sin excepciones.

A las transferencias monetarias y el rédito político que añaden, se suma “el modito” del presidente de hacer política y ejercer el poder, que encantan a muchos que por vez primera en décadas sienten una empatía total con el jefe del Ejecutivo federal, y que lo sienten prácticamente como uno de ellos porque López Obrador ha sido muy hábil en transmitir su presunto rechazo a la parafernalia del poder, así lo ejerza como pocos de sus antecesores, y se reserve para él y su familia directa el Palacio Nacional como sitio de residencia cotidiana. Como un muy buen político, López Obrador ha transmitido la imagen del hombre popular, de a pie, el que come en cualquier figón o garnachería, el que prescinde del lujo y el boato asociado a los presidentes del pasado, el que no usa el avión Boeing 787-8, mejor conocido como «José María Morelos y Pavón», que en vez de ser útil, se hace viejo en un hangar, y suma pérdidas por obsolescencia de parte de sus componentes superiores a los 300 millones de pesos; el que casi no viaja al extranjero ni se entrevista con otros jefes de Estado y mejor se queda en México para andar de pueblo en pueblo y estado en estado en vuelos comerciales. El presidente que suprimió al Estado Mayor Presidencial, un cuerpo militar de élite, que costaba millones de pesos al pueblo noble y sabio, pero que ha entregado cuotas de poder y fondos económicos casi inverosímiles a los militares del país.

Sume usted que López Obrador rompió con el modelo de años del discurso político tradicional, más todavía el reservado o el esperado de un presidente de México. Amlo habla casi casi como lo hacen millones de mexicanos, tartamudea, pero sobre todo echa mano de un lenguaje cargado de simbolismo y aún en ocasiones de ajos o cebollas, o, más aún, del famoso albur mexicano como bien rápido, y aun antes de asumir el cargo en medio de una polémica, dejó ver el titular del Fondo de Cultura Económica, Paco Ignacio Taibo II, al festejar la ratificación de su nombramiento con la expresión: “se las metimos doblada”.  Amlo ha recomendado más de una vez a sus críticos y opositores comprar vitacilina para atender las irritaciones, un mensaje cargado de simbolismo, y con el que establece una conexión emocional con sus audiencias.

Por todo esto y otras cosas más, Amlo sigue en la cresta de la ola popular, así y el país arroje un saldo negativo en factores críticos que oscila entre el estancamiento, el retroceso y si acaso con muy pocos avances. Pero eso poco importa. Para Amlo la clave es el ejercicio del poder y su popularidad. Esas dos motivaciones centrales de su sexenio son las que animan su marcha el próximo 27 de noviembre, donde ratificará que nadie en México y mucho menos una oposición escuálida, están a su altura. Eso será todo.

Vemos entonces cosas insólitas, asociadas por supuesto al compromiso presidencial de propiciar un cambio de régimen en México, así y éste abra muchas más incógnitas que certezas al país. Es cosa de poder. Nada más, pero nada menos.

@RoCienfuegos1

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