SINGLADURA/ Nosotros los buenos, ustedes…

ROBERTO CIENFUEGOS J. Aún y pese a lo observado y constatado en los últimos años, resulta cada vez más preocupante ver un país agudamente dividido entre buenos, absolutamente buenos, tan buenos que respiran y exhalan bondad absoluta, y los malos, muy malos, tan totalmente malos que al respirar inhalan veneno y expelen toxicidad mortal, según se empeña en decir “la mitad” buena.

Es lo que estamos viendo los mexicanos, al menos aquellos que quieran verlo con un ojo medianamente distante, y un tanto objetivo. Muy lamentable, pero sobre todo muy peligroso. Retoma fuerza el clásico estás conmigo o estás contra mí. Nada de medias tintas. Es hora de que caigan las máscaras, exige la arenga casi cotidiana. Grave que México se revuelva y se resuelva, según eso, entre nosotros, los de acá, y todos los demás, los de allá, aquellos que adversan, critican, denuncian o simplemente tienen una opinión distinta.

Aún peor, infinitamente peor, que se utilicen los cargos, el poder y aún el poder del Estado y del gobierno, para rechazar, acusar, adjetivar y amenazar a quienes se salen de la órbita gubernamental, critican o ejercen el derecho de opinar e informar. ¿Qué es esto? Anticipo una hipótesis: el camino seguro a un infierno nacional.

Se está actuando como si el país fuera un estadio de fútbol, donde cada quien alinea por su cuenta y lleva a su barra perra brava, que conforme se torne en montón, se presume más legítima y válida y poderosa, claro. ¿Y la otra perra brava? Qué se muera, se pudra al menos, o desaparezca cuanto antes porque aquí sólo los de acá, nosotros, nadie más, no ustedes, no los otros, nadie más incluso. En el medio, un pueblo sigiloso todavía, pero sujeto al vaivén del árbitro o dueño del balón.

La imposición de nosotros, sólo nosotros y nadie más que nosotros, está cundiendo y amenaza al país porque marca la separación, lo cual no es malo per se, si no fuera porque se ataca con todo, desde las salas familiares que están dejando de serlo, hasta la cúpula del poder supremo del país, que rechaza, juzga, y sentencia a priori a todos los demás, a los de allá, a los que son colocados en la acera de enfrente, casi en previsión para que de ser posible, aniquilarlos como en un paredón, porque después de todo ya fueron derrotados moralmente y no importan frente al colosal tamaño y solvencia de los auténticamente impolutos.

Así, y desde posiciones del poder público, que pertenece a todos, incluso a los impíos así se les rechace, se lanzan casi a diario dardos y obuses para descalificar a los otros, a los perversos, corruptos, inmorales, vendidos, alevosos, fifis, aspiracionistas, a esas momias del pasado neoliberal y cuantos más se sume cada semana o aún antes.

Son esos que perdieron privilegios, que se oponen a la mayor transformación que haya visto el país después de las registradas en 1810, 1857 y 1910. Para todos ellos, paredón. Acá sólo los bendecidos, los hijos buenos y nobles. El infierno para los otros porque no merecen pisar el sacrosanto suelo de la patria, que infortunadamente les permitió nacer sin anticipar que serían sus peores hijos, los más perversos y malvados, los traidores en una palabra.

El discurso en boga se construye a partir del rechazo a muchos, esos que no cuentan, a los que hay que sofocar por malvados y que incluso no deberían ni existir porque son contrarios al país. Sólo el clamor absoluto de “nosotros” los buenos, empeñados en una transformación que no debería ver fin porque supondría la catástrofe nacional, el fin del periodo nacional más luminoso de la historia. ¡Da miedo!

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@RoCienfuegos1

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