
EDUARDO MERAZ
Conforme avanza el año y se aproximan las elecciones intermedias en Estados Unidos, el gobierno de Donald Trump ha ido cambiando su narrativa respecto de México, cada vez con un tono más beligerante, sobre todo por el no triunfo en Irán, lo cual ha tenido repercusiones a nivel mundial.
En ese escenario, Donald Trump ha decidido afilar su narrativa contra México, como quien prepara un arma retórica para la batalla política. El discurso inicial de cierre de fronteras y combate al fentanilo, ha mutado en un lenguaje beligerante, cargado de acusaciones y de un tono que busca no solo señalar, sino condenar.
La frontera, antes metáfora de separación, se ha convertido en un muro simbólico donde se proyectan los miedos, de una parte, y las ambiciones de poder, de la otra.
México, país vecino y socio comercial, ha sido colocado en el banquillo de los acusados; Trump, incapaz de comprender la riqueza cultural del idioma español, ha tornado su discurso en agresivo contra quienes lo hablan, como si la lengua fuera culpable de los males de su nación.
Pero el golpe más duro ha sido la designación de los cárteles mexicanos como organizaciones terroristas. Con esa palabra, “terrorismo”, se abre un abanico de implicaciones jurídicas y militares, mucho más allá de la retórica: es la antesala de la intervención, la justificación de la fuerza.
En la actualidad más de un centenar de cabezas de los principales cárteles, de una u otro manera, fueron “abducidos” con la pequeña ayuda del gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum, para quedar tras las rejas en cárceles norteamericanas.
La cooperación, sin embargo, no ha servido para suavizar el discurso: al contrario, Trump ha desarrollado la narrativa -ciertamente con mucho de veracidad- de un México gobernado por los cárteles.
La estrategia del presidente estadounidense se ha perfeccionado con filtraciones calculadas, de listas de nombres; funcionarios y políticos vinculados a la llamada “transformación”, han aparecido en los medios como si fueran revelaciones explosivas.
La palabra “terrorismo” se repite con insistencia, como un mantra buscando instalarse en la conciencia colectiva. Y cada repetición es un golpe contra la de por sí maltrecha imagen de México, un intento de reducirlo a un país rehén de la violencia.
La metodología trumpista se ha ido encargando de avanzar de la llamada “dominación débil” a la “dominación fuerte”, combinando ambos modelos lingüísticos; primero, alabando las virtudes de la presidenta mexicana y, segundo, reiterar con mayor frecuencia que México está gobernado por los cárteles y cada vez denominándolos con mayor frecuencia como terroristas, con todas las implicaciones jurídicas y de acciones de fuerza que conlleva tal calificativo.
Este juego lingüístico se traduce en presión política, en amenazas veladas de intervención. La designación de los cárteles como terroristas no es solo un recurso retórico: es la llave que abre la puerta a acciones militares, a sanciones internacionales, a un trato que coloca a México en el mismo nivel al de países señalados como enemigos.
La columna vertebral de esta narrativa es el miedo. El miedo al fentanilo que cruza la frontera, el miedo a la violencia que se desborda, el miedo a perder el control.
Pero también es la ambición: la ambición de mostrar fuerza, de consolidar poder, de ganar elecciones con un discurso que promete seguridad a cambio de mano dura. México se convierte en la ingente y urgente necesidad de un enemigo visible.
La pregunta que surge es inevitable: ¿qué significa para México ser colocado bajo la etiqueta de “terrorismo”? Significa que la cooperación se transformará en subordinación, o en una evolución de desarrollo distinta a la mal llamada del “bienestar”.
También significa que cada acción del gobierno mexicano será observada bajo la lupa de la sospecha, que cada gesto será interpretado como complicidad o como debilidad.
El riesgo es que esta narrativa se instale como verdad, consiste en que la repetición constante de que México está gobernado por los cárteles se convierta en percepción global, en estigma difícil de borrar. Que la palabra “terrorismo” se adhiera al nombre del país como una marca indeleble, nos llevaría al aislamiento internacional, intervención militar, pérdida de credibilidad.
México, país de historia rica y cultura vibrante, quedaría reducido a un estereotipo de violencia.
El lenguaje no es inocente, las palabras tienen peso, pueden construir realidades o destruirlas, y la narrativa trumpista no es solo discurso, sino estrategia.
En este juego de palabras y poder, México se enfrenta a un desafío monumental: resistir la etiqueta de terrorismo, a través de desmontar el esquema de colusión entre cárteles y funcionarios, que han convertido a Estados Unidos en esclavo de las drogas y a los mexicanos en “contribuyentes cautivos” dobles: con el gobierno y con el crimen organizado.
He dicho.
EFECTO DOMINÓ
En los hechos, la nueva propuesta de reforma judicial de Claudia Sheinbaum implica reconocer que el modelo original generó problemas estructurales de legitimidad, gobernabilidad y control político mucho más profundos de lo que inicialmente se admitió. Van por perfeccionar dicho esquema.
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