
EDUARDO MERAZ
La nación se levanta cada mañana frente a un edificio guinda que pretende ser símbolo de transformación; sin embargo, basta detenerse unos segundos frente a su fachada para advertir el brillo del repello, el cual no alcanza a ocultar las grietas que recorren sus muros como cicatrices mal cerradas.
La fachada del edificio guinda, en la cuarta parte del segundo piso no solo se ve despostillada, sino lo raspado de su frente apenas si puede esconder los elevados inconvenientes estructurales y los falsos cimientos, mientras paredes y escaleras se ladean y amenazan con venirse abajo.
El segundo piso, anunciado con fanfarrias y discursos, se tambalea sobre cimientos falsos, levantados más con saliva y no con concreto; y en ese escenario, la presidenta Claudia Sheinbaum se ve obligada a recurrir a remiendos y parches.
El proyecto cuatroteísta se concibió como una obra monumental, capaz de resistir los embates del tiempo y de las críticas, pero la realidad ha demostrado su fragilidad por los materiales empleados: corrupción disfrazada de eficiencia, mentiras recubiertas de esperanza, alianzas con el crimen organizado maquilladas de pragmatismo.
Cada ladrillo colocado por el antecesor en Palacio Nacional lleva impregnado el olor de la revancha y el capricho y una edificación en ruinas, poblada de discapacidades económicas y políticas. Ahora, la nueva inquilina debe intentar que la estructura no se desplome sobre los ciudadanos.
La desigualdad se convirtió en el plano maestro de esa construcción: unos pocos con balcones amplios y vistas privilegiadas; la mayoría, confinada en cuartos estrechos y sin ventanas. El discurso de justicia social quedó atrapado en las paredes torcidas y en la saliva discursiva de los presidentes de la República emanados de sus filas.
El terreno fangoso y de obras “endeblemáticas” sirvieron de soporte para el levantamiento del primer piso transformador, pero por las materias primas utilizadas, se notan los grandes defectos.
No hay piso parejo, las habitaciones -si se les puede llamar así- son dispares, algunas sin ventilación, otras oscuras, pero eso sí, todas con ornamentación de oro, como corresponde a los adoradores del dinero.
Las fallas en toda la construcción, han obligado a la mandataria federal a tratar de remendar los hoyos y hoyancos dejados por la administración precedente, en especial en los sectores de salud, educación, energéticos, infraestructura y casi todos los servicios públicos.
Ante ese panorama, Sheinbaum ha tenido que improvisar para tratar de dar viabilidad a los sectores de salud, educación, energía e infraestructura, los cuales se asemejan a pasillos con goteras y escaleras ladeadas.
El Plan México, con el cual se lograría la construcción del segundo piso del edificio transformador, se hizo sin gracia, sin un conocimiento profundo de las condiciones del primer piso; fue un modelo alejado de la realidad, y en año y medio le han puesto infinidad de parches. A lo sumo se trata de un croquis dibujado en servilletas de sobremesa.
El repellado del Plan México, con el propósito de dar la impresión de fortaleza, no oculta la fragilidad estructural a lo largo y ancho y que, por los conflictos internos entre feudos, cada quien desea ponerle su sello, sin darse cuenta de que los soplidos del vecino del norte pueden derrumbar una edificación carente de cimientos.
El problema no es únicamente técnico, sino político, pues los feudos internos disputan cada espacio del edificio; la lucha por el control se traduce en más grietas, más fracturas. Y mientras tanto, el vecino del norte sopla con fuerza, consciente de que un edificio sin cimientos puede derrumbarse con un simple vendaval.
La imagen del edificio guinda refleja la precariedad de un proyecto que se quiso eterno; sin embargo, el hospital construido con tabiques huecos: las paredes están ahí, pero no sostienen nada.
La educación, por su parte, es un aula sin techo, sin baños, sin agua, donde eventualidad climática obliga a suspender las clases.
El discurso oficial insiste en que el segundo piso avanza. Pero quienes recorren sus pasillos saben que la realidad es distinta. Los apagones en el sector energético, los retrasos en la infraestructura, la precariedad en los servicios públicos son señales de un colapso inminente.
El futuro del edificio guinda es incierto. Tal vez logre mantenerse en pie unos años más, gracias a los remiendos y parches que la presidenta coloca con esmero; tal vez un soplido externo lo derrumbe de golpe.
La transformación prometida se ha convertido en una obra inconclusa, un proyecto que nunca alcanzó la solidez necesaria y los remiendos y parches no bastan cuando la estructura está podrida desde los cimientos.
EFECTO DOMINÓ
“En enero del 2025, el 70% de las personas tenían una opinión positiva de Morena. ¿Sabes a cuánto está hoy? 54%. (…) 56% de la población habría estado dispuesto a votar por Morena en enero del 2025; para marzo del 2026 solamente el 34%”, revela una encuesta reciente.
Entresemana Información entresemana que forma opinión