
EDUARDO MERAZ
Dicen: mal empieza la semana para quien ahorcan en lunes, y ese parece ser la situación de la reforma electoral de la presidenta Claudia Sheinbaum.
Aún no enviaba la iniciativa de reforma electoral a la Cámara de Diputados y ya mencionaba un Plan B, por si era desechado su proyecto o «decálogo por la democracia», como si la cuerda estuviera preparada antes del verdugo levantar la mano, a manera de anticipación del fracaso, lejos de un gesto de prudencia, cual confesión de que la iniciativa nace condenada.
Está reforma, promovida y elaborada por el gobierno, nunca solicitada por la sociedad, sin tomar en cuenta los puntos de vista de aliados y opositores, puede marcar al gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum.
Desde la altura imaginaria de la montaña llamada Palacio Nacional -el Olimpo para muchos otros guindas-, emite una especie de 10 Mandamientos, los cuales deben cumplirse, a pie juntillas, por su feligresía legislativa y más allá del Congreso.
La instrucción de no cambiarle ni una coma, habla de la rigidez de pensamiento, propio de los regímenes totalitarios y, en los hechos, cancela la política como instrumento privilegiado para establecer acuerdos beneficios para todas las partes involucradas.
Ciertamente, la persuasión y el chantaje son dos de los métodos más socorridos en la política mexicana. Morena ha adquirido un doctorado en esta materia, como lo demuestran las formas cómo obtuvo la sobrerrepresentación en el Congreso.
Un año y medio después, todo hace prever un fracaso guinda para alcanzar la mayoría calificada y aprobar la reforma electoral claudista, porque ese es el trasfondo: el triunfo o derrota en este caso, marcará el futuro de la administración de la presidenta Sheinbaum.
Apuesta en la cual, a pesar de los dados cargados, se negó a ver a los demás jugadores, quienes se pueden levantar de la mesa y dejarla sola, triste y con una imagen deteriorada; para otros, mencionar el Plan B de manera anticipada, es equivalente a mencionar la cuerda en casa del ahorcado; o bien, se trata de amarrarse el dedo antes de cortarse.
Sobre todo, porque incluso los más hábiles jugadores saben que los dados cargados no garantizan la victoria, aunque también puede leerse como la admisión de que el terreno está minado.
El fracaso legislativo no sería un simple tropiezo, sino una marca indeleble en la administración de Sheinbaum.
Triunfar significaría consolidar su poder y moldear las reglas del juego político; perder, en cambio, la dejaría sola en la mesa, con la imagen deteriorada y la autoridad cuestionada.
Porque en política, como en las cartas, no basta con tener la baraja; se debe convencer a los demás jugadores de permanecer en la partida y, aquí, varios parecen dispuestos a levantarse y dejarla con la apuesta en la mano.
La metáfora del ahorcado no es gratuita. La política mexicana está llena de rituales donde la semana comienza con ejecuciones simbólicas: proyectos que se anuncian con fanfarria y terminan colgados del cadalso legislativo y la reforma electoral de Sheinbaum corre ese riesgo.
No porque carezca de intención —toda reforma busca dejar huella—, sino porque carece de consenso. Y sin consenso, la política se convierte en imposición, y la imposición en resistencia.
El Congreso, ese escenario donde se cruzan intereses y se negocian futuros, no parece dispuesto a entregar la soga. La oposición, aunque fragmentada, ha encontrado en este tema un punto de convergencia; y los aliados, aunque disciplinados, saben que la obediencia ciega puede tener costos.
La historia reciente ofrece lecciones: el Plan B de la reforma electoral del sexenio anterior terminó en los tribunales, desmantelado por la Suprema Corte. Hoy, la anticipación de un nuevo Plan B parece repetir la misma ruta: legislar sin mayoría, imponer sin consenso, y terminar en el terreno judicial.
Es un círculo vicioso que desgasta al gobierno y erosiona la confianza ciudadana, porque la democracia no se construye con decretos, sino con acuerdos.
La presidenta enfrenta así un dilema clásico: insistir en la reforma y arriesgarse a la derrota, o replantear la estrategia y buscar un camino más incluyente.
La primera opción la coloca en el cadalso; la segunda, en la mesa de negociación, pero la política mexicana, acostumbrada a los gestos de fuerza, suele preferir el cadalso. Y ahí, la imagen de la soga se convierte en símbolo de un poder que se ahorca a sí mismo.
La reforma electoral, lejos de ser un proyecto técnico, es un espejo del estilo de gobierno: refleja la voluntad de imponer, la confianza en la disciplina partidista, y la apuesta por el control.
Pero también refleja la fragilidad de un poder que, sin mayoría calificada, depende de la persuasión y el chantaje. Y en ese terreno, los opositores han aprendido a resistir.
El desenlace aún está por escribirse, pero el preludio ya está marcado por la sombra del ahorcado.
En política, como en la vida, no basta con tener el poder; hay que saber usarlo. Y aquí, el riesgo es que el poder y la reforma electoral terminen colgados de su propia soga.
He dicho.
EFECTO DOMINÓ
La exembajadora de México en Belice, Martha Zamarripa, permanece al interior de la sede diplomática en el país centroamericano y presuntamente rechaza entregar el cargo tras la conclusión oficial de su periodo el pasado 28 de febrero.
El “síndrome Arriaga” se apodera del morenismo.
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