PULSO/ Me gusta cuando callas

EDUARDO MERAZ

A contrapelo de un amplio sector de la sociedad, en Palacio Nacional insisten en llevar adelante los lineamientos sobre derechos de las audiencias -popularmente conocida como ley censura o ley mordaza-, como si con ello lograra impedir las voces de grupos y sectores que disienten de su estilo y forma de gobernar.

En su absurda soberbia, el segundo piso transformador se siente dueño de la verdad absoluta o única; acostumbrado a seguir el ejemplo del rancio socialismo nicaragüense, a punto está de adentrarse en el modelo diazordacista.

O si se quiere ver color de rosa, el cuatroteísmo todo podría recitar como el poeta Pablo Neruda: “me gusta cuando callas, porque estás como ausente”.

El eco de Nicaragua se escucha en la insistencia de prolongar la narrativa única, de reducir la pluralidad a un coro uniforme. El fantasma de Díaz Ordaz aparece en la tentación de convertir la crítica en delito, la disidencia en traición.

Pero México no es el mismo país de 1968, ni siquiera el mismo país de hace veinte años; la sociedad y la prensa han aprendido a desconfiar de los discursos únicos, a leer entre líneas, a encontrar grietas en los muros del poder.

Así, los citados lineamientos son presentados con tono tutelar, pero en el fondo son un intento de domesticar la palabra, de encerrar la crítica en un corral de reglamentos.

Sofocar la opinión de una sociedad plural siempre ha sido la máxima aspiración de los gobiernos totalitarios; los regímenes que se sienten dueños de la verdad suelen compartir la misma pulsión, la misma tentación de acallar lo incómodo.

El periodismo, los medios de comunicación son el mensajero, de ida y vuelta, entre las distintas fuerzas de una República. En el fondo, la pretensión del gobierno actual es silenciar a quien ose diferir con sus puntos de vista.

Los multicitados lineamientos son el recordatorio de que la palabra libre incomoda, que la crítica es espejo que devuelve imágenes que el poder preferiría no mirar.

Sin embargo, los adoradores de la visión monotónica deben repasar la historia y recordar que en la historia mexicana, cada intento de censura ha terminado por alimentar la resistencia: los periódicos clandestinos del siglo XIX, las voces estudiantiles del 68, los cronistas que, a pesar de las amenazas, siguieron escribiendo y lograron romper las cadenas: la mordaza no silencia; multiplica.

Mientras los seguidores del socialismo chantilly insisten en reglamentar las audiencias, muestran su ignorancia enciclopédica, pues el país entero se ha convertido en una audiencia que observa, que escucha, que comenta en tiempo real.

Las redes sociales, los espacios digitales, las conversaciones de sobremesa son hoy más difíciles de controlar que nunca; la censura, en este contexto, es un gesto anacrónico, un intento de tapar el sol con un dedo.

Y sin embargo, el poder insiste, como si la repetición de viejos métodos pudiera garantizar nuevos resultados.

La mordaza, entonces, se convierte en símbolo de fragilidad, pues para muchos queda claro: quien necesita censurar revela su miedo, quien intenta controlar las audiencias confiesa que no confía en su propio relato.

La soberbia del segundo piso transformador es, en realidad, una máscara que oculta inseguridad: la certeza de que la verdad absoluta no existe, de que la historia se escribe con múltiples voces, de que el poder es siempre efímero.

En este escenario, la columna vertebral de la democracia —la libertad de expresión— se convierte en territorio en disputa.

No se trata solo de periodistas o medios; se trata de ciudadanos que quieren hablar, de comunidades que desean narrar su propia experiencia, de jóvenes que encuentran en la palabra un arma contra la indiferencia.

El estilo literario nos permite ver la censura como un personaje: un fantasma que recorre los pasillos de Palacio Nacional, que susurra al oído de los asesores, que se disfraza de reglamento técnico.

Pero también es un fantasma temeroso de la luz, que se desvanece cuando la sociedad lo nombra, cuando la crítica lo expone, cuando la risa lo ridiculiza.

Desde los versos de Sor Juana que cuestionaban el silencio impuesto a las mujeres, hasta las crónicas de Elena Poniatowska que dieron voz a los marginados, la palabra ha sido siempre un acto de rebeldía.

La mordaza, por más que se intente, no puede detener el murmullo de millones de voces que, juntas, forman un coro indomable y ensordecedor.

Al final, la censura es un espejo que devuelve la imagen del poder que la ejerce: un poder inseguro, temeroso, incapaz de dialogar.

Porque la palabra, como el agua, siempre encuentra un cauce, la palabra seguirá fluyendo y ese río, tarde o temprano, arrastrará consigo a los censores que intentaron detenerlo.

He dicho.

EFECTO DOMINÓ

Hace unas semanas, la presidenta Claudia Sheinbaum instó a los aspirantes a cargos de elección popular a renunciar a sus puestos; pero, ahora, la dirigente de Morena, Ariadna Montiel, dijo que no es necesario.

Así la congruencia morenista.

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