
EDUARDO MERAZ
Después de casi ocho años, finalmente y por así convenir a sus muy particulares intereses, el oficialismo ha decidido llamar a la oposición a sumarse al reclamo hacia el gobierno de Estados Unidos por la muerte de 17 mexicanos a manos del ICE.
Después de casi ocho años de presumir autosuficiencia, de erigir muros de soberbia frente a sus adversarios y de proclamar que no necesitaba de nadie para nadar en las aguas turbulentas de la política, el régimen se descubre ahora necesitado de aliados, incluso de aquellos a quienes había descalificado con saña.
Su convocatoria directa de unidad nacional a adversarios políticos, en defensa de los compatriotas ultimados y la solicitud a la ONU con el mismo motivo, revelan flacidez en los principios de hierro del cuatroteísmo al pedir frías a grupos y organismos con los cuales siempre había tenido diferencias profundas e incluso los había cuestionado.
El supremacismo morenista queda mal parado, si tenemos en consideración su prepotencia anterior, en la cual presumía no necesitar de vejigas para nadar y podía resolverlo por sí sólo.
Ahora extiende la mano a quienes había acusado de traición, corrupción y complicidad con intereses extranjeros. La contradicción es evidente: la fortaleza proclamada se desvanece en el aire cuando la realidad golpea con la crudeza de la tragedia.
Los morenistas siempre han presumido saber cómo hacerlo; pruebas fehacientes de esta conducta patológica son las obras faraónicas como la refinería Olmeca, el Tren Maya, el Tren Interoceánico, el aeropuerto Felipe Ángeles, y los ensayos fallidos en materia de salud, educación y un laro etcétera.
La autosuficiencia proclamada se convierte en un recurso retórico vacío cuando se enfrenta a la indiferencia de un gobierno extranjero que nunca respondió a las misivas enviadas desde Palacio Nacional.
El exhorto a unir voces en busca de justicia y castigo contra los agentes del ICE y contra el propio gobierno de Donald Trump -y antes a los reyes de España- no son, en realidad, un acto de solidaridad nacional, sino la confesión de derrotas diplomáticas.
Y por otro lado, también pretende esconder su interés de manipular a la opinión pública nacional, bajo el esquema de quienes si no están conmigo están contra mí. Así los que apoyen su llamado son los buenos y quienes no, los malos.
La estrategia es clara: disfrazar la debilidad como apertura, convertir la necesidad en virtud; los que apoyen el llamado serán presentados como patriotas, los que lo rechacen como traidores.
Así, el oficialismo intenta transformar su flacidez en un nuevo relato heroico, en el que la unidad se convierte en un arma contra el enemigo externo, pero la contradicción es demasiado evidente para pasar desapercibida: quienes se jactaban de no necesitar de nadie ahora suplican compañía.
La historia política está llena de ejemplos de gobiernos que, al enfrentarse a crisis externas, buscaron refugio en la unidad nacional; ahora se distingue por la manera en que se traicionan los propios principios proclamados.
El cuatroteísmo nació con la promesa de independencia, de soberanía absoluta, de rechazo a las viejas prácticas de conciliación con los adversarios. Hoy, esa narrativa se derrumba frente a la realidad de un país que no puede ignorar la muerte de sus ciudadanos en manos de un gobierno extranjero.
La flacidez de los principios se revela también en la manera en que se intenta ocultar la inutilidad de las gestiones anteriores. Las misivas enviadas a Washington, los discursos en foros internacionales, las denuncias ante la ONU, todo ello fue ignorado.
Y ahora, en un gesto que pretende ser audaz, se busca sumar a la oposición, como si la fuerza de las voces pudiera suplir la falta de eficacia diplomática.
El tiempo dirá si la oposición responde al llamado, si la unidad se convierte en realidad o si la desconfianza acumulada durante años impide cualquier acercamiento.
Lo que ya es evidente es que el oficialismo ha perdido la firmeza que proclamaba; el hierro se ha convertido en hojalata, la fortaleza en debilidad, la autosuficiencia en necesidad. Y esa revelación, más allá de la coyuntura, marca un punto de inflexión en la narrativa del poder.
La flacidez de los principios no se oculta con discursos ni con llamados a la unidad. El cuatroteísmo, que se presentó como una transformación histórica, se descubre ahora como un régimen que, frente a la tragedia, necesita de aquellos a quienes había despreciado, y esa necesidad, lejos de ser un signo de apertura, es la confesión de una derrota.
La flacidez no está sólo en los principios, sino en la ética de un gobierno que utiliza la muerte de sus ciudadanos como herramienta de propaganda.
He dicho.
EFECTO DOMINÓ
México requiere sanear sus finanzas públicas mediante una estrategia fiscal que combine disciplina en el gasto, fortalecimiento de los ingresos públicos, una reforma estructural en Pemex y el sistema de pensiones, de acuerdo con el Instituto Mexicano de Ejecutivos de Finanzas (IMEF).
Entresemana Información entresemana que forma opinión