
EDUARDO MERAZ
El futbol mexicano, ese eterno generador de ilusiones y desengaños, ha vuelto a ocupar el centro de la escena nacional.
Pocos son los días gloriosos que la memoria colectiva guarda de las Copas Mundiales, pero en esta ocasión, el espejismo de tres triunfos consecutivos en la fase de grupos del Mundial 2026 ha encendido pasiones, desbordado plazas y convertido las calles en un carnaval de júbilo.
Sin embargo, detrás de la euforia, se esconde un trasfondo político que no puede pasarse por alto: la invasión callejera de centenares de miles de aficionados, con banderas ondeando y gargantas desgarradas por el grito de gol, constituye lo que bien podría llamarse el “crimen perfecto” de los autoritarios.
Sin derramar una gota de sangre, sin necesidad de desplegar la fuerza pública ni recurrir a la retórica mañanera, el cuatroteísmo ha encontrado un bálsamo inesperado: el futbol como anestesia social.
La pasión por el balón se convierte en un puente de afinidad con sectores que, de otra manera, estarían lanzando improperios por la pésima gestión gubernativa.
El futbol, en este contexto, se transforma en un instrumento de legitimación; no es nuevo: los regímenes autoritarios han sabido aprovechar las victorias deportivas como símbolos de unidad nacional, como espejos que reflejan un país vigoroso y triunfante, aunque la realidad cotidiana esté marcada por carencias en seguridad, salud, educación e infraestructura.
La falsa ilusión de estos triunfos consecutivos es doblemente peligrosa. Por un lado, alimenta la narrativa de que “sí se puede”, de que México está destinado a romper sus maldiciones futboleras; por otro, ofrece al gobierno un respiro político, una tregua emocional que desvía la atención de los problemas estructurales.
El ciudadano que ayer protestaba por la inseguridad en su colonia, hoy se viste de verde y celebra en el Ángel de la Independencia y el grito de gol sustituye al grito de indignación.
El cuatroteísmo, hábil en el arte de la manipulación simbólica, aprovecha esta coyuntura, dónde no necesita discursos elaborados ni promesas incumplidas: basta con dejar que el futbol haga su magia.
La victoria en la cancha se convierte en victoria política, aunque sea efímera. El balón rueda, y con él, la esperanza de millones que olvidan, aunque sea por un instante, la precariedad de su realidad.
Pero el desencanto es inevitable. La historia del futbol mexicano está plagada de promesas rotas, de ilusiones que se desmoronan, de héroes que se convierten en villanos por un penal fallado.
La euforia de hoy puede ser la frustración de mañana, y cuando el espejismo se desvanezca, cuando la derrota llegue —porque tarde o temprano llega—, el gobierno no podrá seguir escondiéndose detrás de la portería.
El desencanto futbolero se sumará al desencanto político, y la anestesia dejará de surtir efecto.
La columna vertebral de este fenómeno es la capacidad del poder para apropiarse de las emociones colectivas, pues el futbol no es solo un deporte: es un ritual, una catarsis, un espacio donde la identidad nacional se reafirma y el masioserismo se refuerza.
La bandera ondea, y con ella, la ilusión de unidad; sin embargo, la unidad construida sobre ilusiones es frágil. El desencanto llega cuando la realidad golpea con fuerza: la inseguridad que no cede, los hospitales sin medicinas, las escuelas sin recursos, las carreteras en ruinas, la Constitución pisoteada y derechos y libertades acotados.
El gol no cura la enfermedad ni paga las deudas, ni el futbol, por más glorioso que sea, sustituye la política pública. Y cuando el ciudadano despierte del sueño mundialista, volverá a exigir respuestas, a reclamar justicia, a señalar la corrupción.
El futbol es encanto y desencanto, magia y frustración, esperanza y desilusión. Y en ese vaivén emocional, el gobierno encuentra un respiro, pero también un riesgo, porque el pueblo que hoy celebra puede ser el mismo que mañana reclame con más fuerza.
La columna de hoy no pretende restar mérito a los jugadores que han regalado momentos inolvidables. Ellos, en la cancha, representan el esfuerzo, la disciplina y el talento.
Pero sí busca señalar cómo esas victorias son utilizadas políticamente, cómo se convierten en herramientas de manipulación emocional. El futbol, en manos del poder, deja de ser solo deporte para convertirse en estrategia.
Encantos con desencantos, así podría resumirse la relación entre el futbol y la política en México.
El encanto de la victoria, el desencanto de la derrota; el encanto de la ilusión, el desencanto de la realidad; el encanto del gol, el desencanto de la corrupción.
He dicho.
EFECTO DOMINÓ
Entre los varios paralelismos de México y Colombia, todo indica que más prontamente que tarde: «in Petro te convertirás».
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