
EDUARDO MERAZ
Cliente frecuente de las dobladitas, el ahora secretario de Economía de México, Marcelo Ebrard, hubo de ceder, por segunda ocasión, ante el presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
El funcionario mexicano parece haber perfeccionado el arte de la “dobladita”, esa rendición elegante que se disfraza de pragmatismo, esa flexión que evita el colapso pero que deja cicatrices en la memoria colectiva.
Apelando al clásico descontón, el mandatario estadounidense anticipó al gobierno de México la no renovación del T-MEC, aun cuando durante meses previos se llevaron a cabo negociaciones entre ambos países, incluso haciendo a un lado al tercer socio: Canadá.
El deceso no será fulminante, aunque bien podría calificarse como “el T-MEC de la muerte lenta”, pues serán diez los años de gracia concedidos, antes de la extinción de este esquema comercial, iniciado en 1994.
Se trata de un periodo de gracia de una década, revisado año con año, como si se tratara de un enfermo terminal al que se le prolonga la agonía con respiradores artificiales, que se extinguirá sin estridencias, pero con la certeza de que el reloj ya comenzó a correr.
Sirviendo a dos titulares del ejecutivo mexicanos, el también ex titular de Relaciones Exteriores en la administración anterior, apechugó con prontitud las exigencias de Trump para contener el flujo migratorio; acontecimiento que el propio Trump festinó al recordar: nunca había visto a nadie doblarse tan rápido -manifestó Trump.
Algo similar acaba de ocurrir este inicio del segundo semestre de 2026, cuando la Casa Blanca anunció con sobriedad y brevedad la no renovación del Tratado de Libre Comercio entre México, Estados Unidos y Canadá, antes de su extinción en 2036.
Ebrard, curtido en negociaciones imposibles, ya había cedido antes. Hoy, la historia se repite, aunque con un escenario distinto: el comercio, la economía, la médula de la relación bilateral. Y de nuevo, el gesto de la doble dobladita.
La narrativa oficial intenta maquillar el fracaso; se habla de “potenciales ventajas” en los intercambios bilaterales, de oportunidades para redefinir la relación comercial, de la posibilidad de diversificar mercados.
Pero la realidad es más áspera: Estados Unidos endureció su posición para reducir el déficit con sus socios y México no encontró argumentos sólidos para defender la prolongación del acuerdo.
Los meses de idas y regresos, de reuniones maratónicas, de discursos diplomáticos, se desmoronaron frente a la contundencia de un “no” pronunciado con la frialdad de quien sabe que tiene la sartén por el mango.
El T-MEC, que alguna vez fue símbolo de modernidad y apertura, se convierte ahora en un fantasma que recorrerá las oficinas gubernamentales durante una década.
Cada revisión anual será un recordatorio de la fragilidad de los compromisos internacionales, de la dependencia estructural de México frente a su vecino del norte, de la vulnerabilidad de una economía que apostó demasiado a un solo mercado.
La extinción programada del tratado es, en realidad, una sentencia que obliga a repensar el futuro con urgencia.
Ebrard regresa con las manos vacías, con cajas destempladas, intentando justificar lo injustificable. Su figura, siempre hábil para el discurso, se enfrenta ahora al límite de las palabras.
No hay retórica que suavice la imagen de un país que se dobla, una y otra vez, ante las presiones de su socio más poderoso.
La doble dobladita no es solo un gesto individual; es un símbolo de la política mexicana frente a Estados Unidos. Una política que oscila entre la resistencia y la sumisión, entre la defensa de la soberanía y la aceptación resignada de la realidad geopolítica; una política que, en nombre de la estabilidad, ha aprendido a doblarse sin romperse, aunque a costa de su dignidad.
Ebrard es el hombre que, en su pragmatismo, encarna la fragilidad de un país que no logra imponerse en la mesa de negociación; el hombre que, con cada dobladita, nos recuerda que la política internacional no se gana con discursos, sino con poder.
En la política, como en la vida, hay momentos en que las palabras se doblan, se quiebran, se acomodan para no romperse del todo.
Mientras tanto, la imagen de Ebrard doblándose ante Trump quedará grabada en la memoria colectiva como símbolo de una época en que la diplomacia mexicana se convirtió en el arte de la rendición elegante.
La doble dobladita, esa flexión que evita el colapso, se ha convertido en la marca de un tiempo; un tiempo en que México, más que negociar, aprendió a sobrevivir.
Un tiempo en que la política se dobló, una y otra vez, hasta perder su forma original. Un tiempo que nos obliga a preguntarnos si, algún día, seremos capaces de enderezarnos.
He dicho.
EFECTO DOMINÓ
Para especialistas, mientras la selección mexicana siga avanzando en el torneo, predominarán las expresiones de celebración colectiva; una eventual eliminación pondrá a prueba ese ambiente de fraternidad y ese sentimiento puede traducirse en expresiones de enojo o violencia.
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