PULSO/ Chapopoteras guindas

EDUARDO MERAZ

Aun cuando serían de naturaleza distinta, lo cierto son las semejanzas entre las chapopoteras en el Golfo de México y las chapopoteras del partido Morena, ambas manchando y afectando la vida de los habitantes país.

En el Golfo de México, las chapopoteras —esas erupciones de hidrocarburos que emergen del fondo marino— se extienden como cicatrices negras sobre el agua.

Pero en la política mexicana actual, otro tipo de chapopoteras se ha extendido con igual fuerza: las de la corrupción, que tiñen de guinda el paisaje nacional y dejan resabios tan profundos como las manchas de petróleo sobre la arena.

Ambas realidades, la del mar y la del poder, comparten un mismo destino: la mancha que no se borra. En la costa, los derrames cubren más de 300 kilómetros cuadrados y se extienden por casi mil kilómetros lineales.

En la política, las erupciones de corrupción alcanzan cada rincón del territorio, sin que haya playa limpia ni institución intacta.

Desde Palacio Nacional, el intento de ocultar estas emanaciones es constante; se minimizan los daños ambientales, con la misma tenacidad que se niegan los ilícitos de cuello ya no tan blanco.

Pero la verdad es testaruda: las chapopoteras, sean de petróleo o de corrupción, flotan a la vista de todos. Y lo que se oculta bajo el discurso oficial termina emergiendo con más fuerza, como burbuja que no puede contenerse.

El carácter “natural” de ambas erupciones resulta irónico. En el caso del petróleo, la naturaleza habla con crudeza.

En el caso de la corrupción, la naturaleza humana se impone con voracidad. Ambas se convierten en “anillo al dedo” para quienes saben lucrar con la desgracia.

Los negocios turbios, disfrazados de proyectos energéticos o de programas sociales, han creado una nueva “comalada” de ricos que se alimentan de la desgracia colectiva.

Y esos son las evidencias más notorias, incluido el huachicol fiscal, de los ductos por donde fluyen, sin obstáculo alguno, los casos de malversación de fondos, enriquecimiento inexplicable, chantajes, cobros de piso, persuasión entre sector privado, sector público y sector delincuencial.

El huachicol fiscal es apenas una de las tuberías por donde fluye el dinero sin freno. A través de ductos invisibles, los recursos públicos se desvían hacia bolsillos privados, mientras el país se hunde en un mar de deudas y carencias.

La corrupción se ha vuelto un sistema de distribución tan eficiente como el de los hidrocarburos: llega a todos lados, sin obstáculos, sin filtros, sin vergüenza.

Los mexicanos somos testigos de estas chapopoteras presupuestales; por ejemplo, este año, alrededor de 10 billones de pesos se convierten en un océano donde flotan manchas de impunidad.

El prestigio guinda se sacrifica a cambio de toneladas de billetes. Y la pregunta que queda flotando es: ¿cuánto más puede resistir un país que nada entre petróleo derramado y corrupción?

La metáfora es dolorosa pero precisa. El mar ennegrecido por el chapopote es imagen de un país cuya esperanza se cubre de sombras; las playas contaminadas son reflejo de instituciones corroídas.

Y los barcos que navegan sobre aguas manchadas son como los funcionarios que avanzan sobre un sistema podrido, fingiendo que todo marcha bien.

La corrupción, como el petróleo, tiene un olor penetrante. Se percibe en cada rincón: en las licitaciones amañadas, en los contratos inflados, en los programas que nunca se cumplen.

Es un olor que impregna la vida cotidiana, que se mete en las casas, se adhiere a la piel de los ciudadanos, y aunque se intente cubrir con discursos, la mancha permanece.

El problema no es solo la existencia de estas chapopoteras, sino la normalización de su presencia.

Nos hemos acostumbrado a ver el mar manchado, a escuchar de desvíos millonarios, a leer sobre enriquecimientos inexplicables; la indignación se diluye, como si el chapopote fuera parte natural del paisaje. Y esa resignación es la más peligrosa de las manchas: la que se instala en la conciencia colectiva.

Sin embargo, la historia enseña que ninguna mancha es eterna, por lo cual debemos trabajar para impedir que las chapopoteras guindas sigan extendiéndose, recordándonos que la corrupción no es un accidente, sino una erupción constante que exige vigilancia y resistencia.

La columna vertebral del país está cubierta de manchas. Y cada mancha es un recordatorio de lo que hemos perdido: confianza, recursos, futuro.

Al final, tanto en el Golfo como en la política, la verdadera batalla no es contra el chapopote, sino contra la indiferencia.

He dicho.

 

EFECTO DOMINÓ

Respecto a México, y basándose en la metodología del economista francés Gabriel Zucman, la organización Oxfam estimó que el 0.1% de la población más adinerada del país esconde cerca de 47 mil 600 millones de dólares en “activos mantenidos en el exterior”, por los cuales no pagan impuestos.

Este monto equivale al 65% de toda la riqueza de la mitad más pobre del país, que en conjunto suman 72 mil 700 millones de dólares.

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