PULSO/ Audiencias y ausencias

EDUARDO MERAZ

En el segundo piso del table dance, las y los contorsionistas del oficialismo buscan convencer a los parroquianos -a los ciudadanos- de las virtudes de los lineamientos de derechos de las audiencias, siempre y cuando estos queden sujetos a la buena o mala voluntad de las autoridades.

El espectáculo es sensual en apariencia, pero su música carece de alma: un baile que busca más distraer que seducir, más ocultar que revelar.

Desde las oficinas públicas, el tono monocorde da ritmo a la argumentación de la inquisición informativa que ahora ya no quema con leña verde, sino con la asfixia financiera de los medios que se atreven a disentir; la hoguera se ha transformado en presupuesto, y el castigo ya no es físico, sino económico. La paradoja es evidente: en nombre de las audiencias, se limita la voz de quienes deberían nutrirlas.

El gran ausente de esta propuesta es, precisamente, el derecho de la sociedad a sancionar a las autoridades cuando mienten, cuando dicen medias verdades, cuando ocultan lo que debería ser público.

Se nos concede, como máxima libertad, apagar la radio de las conferencias matutinas, como antaño apagábamos la “hora nacional”, pero esa concesión es apenas un gesto vacío: el derecho a no escuchar no sustituye el derecho a exigir transparencia.

El discurso gubernamental se contonea con movimientos calculados, pero el público —ese público sabio que ha aprendido a leer entre líneas— percibe la trampa: los lineamientos se presentan como prótesis, como muletas para sostener un cuerpo político que ya no resiste las críticas.

Ocho años de gestión han desgastado la piel del morenismo, y ahora busca cubrir sus cicatrices con vendas de censura.

No siempre fue así. En los tiempos de oposición, el movimiento guinda se alimentaba de la defensa de las libertades de prensa y expresión; las redes sociales eran su aliado, los medios complacientes su caja de resonancia. La lucha era por abrir ventanas, por derribar muros, por ensanchar los márgenes de la palabra.

Hoy, en cambio, el poder ha invertido la ecuación: donde antes pedía libertad, ahora busca control; donde antes exigía apertura, ahora impone límites, como resultado del desgaste natural que implica ser el responsables de responder a las demandas ciudadanas.

El tono paternalista por querer suplantar la voluntad de la sociedad por elegir los canales informativos que satisfagan mejor sus intereses, en realidad pretende sancionar a quienes cumplen su función como mensajeros de los distintos intereses grupales que conviven en nuestro país.

El paternalismo se disfraza de protección y se nos dice que las audiencias deben ser cuidadas, guiadas, conducidas hacia la información “correcta”; sin embargo, esa corrección es la voz oficial, la versión única, la narrativa que pretende suplantar la voluntad de la sociedad.

Los medios, en su función de mensajeros se convierten en sospechosos. Y las audiencias, que deberían ser libres de elegir, son tratadas como menores de edad.

La estridencia de la música taibolera y el gobierno se mueve con pasos ensayados, repite coreografías, busca aplausos que ya no llegan y el público ya no se entusiasma.

La música -como la narrativa oficialista- suena hueca, los giros son predecibles. La pista de baile se convierte en escenario de ausencias: ausencia de autocrítica, de transparencia, de respeto a la pluralidad.

La democracia, en su esencia, es un coro de voces. No una sola, no un tono monocorde, sino una polifonía que se enriquece en la diferencia.

Limitar los derechos de las audiencias, como si el cuatriteísmo fuese el único capaz de tutelarlos, pretende, en realidad, limitar la posibilidad de escuchar esa diversidad, reducir el coro a un solista, imponer un canto y un baile únicos.

El ciudadano, sin embargo, ha aprendido a desconfiar de los discursos demasiado pulidos, de las verdades absolutas, de las narrativas que excluyen y de los escenarios y espectáculos cutre.

Ante las tentaciones de “impudor y liviandad” ofrecidas por leguleyos rapaces, ha encontrado en las redes sociales un espacio para cuestionar, para debatir, para contradecir, a pesar del ruido, de desinformación, de excesos, pues representan un contrapeso que el poder no logra domesticar.

La tensión entre audiencias y ausencias es, en el fondo, la tensión entre libertad y control y en ese choque, se juega el futuro de nuestras libertades.

El baile continúa, pero el público ya no aplaude. Las luces se apagan lentamente, y en la penumbra se revela la verdad: la música oficial no basta para acallar voces y las audiencias no son menores de edad, que merezcan ser tuteladas.

La columna vertebral de la democracia es la crítica. Los lineamientos que hoy se presentan como derechos son, en realidad, intentos de amputar esa columna.

Los derechos de las audiencias no pueden ser concesiones del poder: deben ser conquistas de la ciudadanía.

He dicho.

EFECTO DOMINÓ

Durante los primeros seis meses de 2026, la deuda pública neta de México se situó en 51% del Producto Interno Bruto (PIB); este resultado equivale a un crecimiento real de 11.7% respecto a julio de 2025.

Es decir, la economía crecerá una décima parte de lo que crece la deuda; eso no es sano.

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