HOMO POLÍTICUS/ La esencia emocional de México

“La inteligencia emocional, determina nuestro éxito en la vida”. Daniel Goleman

JOSÉ CARLOS GONZÁLEZ BLANCO

Somos un pueblo que nos movemos por emociones, ciertamente, hay quien se hunde en las negativas, pero en lo general, tenemos una especial vocación a la alegría y preferimos estar instalados en ella, tanto que nos desbordamos cuando tenemos oportunidad de vibrarla.

En ese ánimo, nos da por cantar, bailar, pachangüear, noviar, departir con cuates y eso define una esencia muy nuestra.

Lo traigo a colación por la manera como vivimos el mundial de futbol, acariciando una ilusión, desbordando pasión por nuestro equipo y dejando de lado todas las angustias que nos bajonean.

Durante 24 días, el evento capturó las narrativas, tiempos y modo de vibrar nuestra mexicanidad, vivimos una magia contagiosa, difícil de explicar, pero capaz de soslayar nuestros pesares ante el hechizo del entusiasmo colectivo sintiendo sin regateos una gran emoción.

En estos días, millones de corazones latieron al mismo ritmo, compartimos ilusiones, acariciamos la esperanza, nos asumimos como uno sólo, orgullosos y empoderados, reconociéndonos hermanos, abrazándonos sin conocernos, el futbol, fue catalizador de nuestras emociones, un crisol que nos fundió sin importar credos, filias o sesgos, sólo mexicanidad y vibrar eso, tiene un valor imperecedero, nos deja muchas lecciones de resiliencia.

Felicito a todo quien decidió ser intensamente feliz, dándose la oportunidad de soñar, desear, de cantar nuestro himno o el cielito lindo a pecho abierto, volando en alegría y superando por estos días las penurias, fue una magnífica decisión porque esencialmente, vivimos como sentimos, no como pensamos.

¿Por qué no? Si la vida, no sólo es sobrevivir en hieles; a veces ofrece espléndidas oportunidades para ser felices, ¿Qué más da que sea con espejismos o trabajos de deportistas que nos identifican?, ¿Por qué no?

El futbol tiene la magia de hechizar al mundo, es el evento más visto en todo el planeta, despierta emociones y alegrías, que desde el principio, sabemos evolucionarán en relativas frustraciones para todos los países, menos para el ganador, pero esa es su magia que produce alegrías e historias intemporales de deportistas privilegiados por el desarrollo de sus habilidades que admiramos de manera imperecedera.

Esa alegría desbordada invisibilizó los enojos por altos precios en estadios, transmisiones televisivas privadas, por malas prácticas de la vida en sociedad que padecemos y tragedias causadas por festejos extremos.

Prevaleció la síntesis de nuestra forma de ser desenfadada, resiliente frente a la adversidad, divertida; disfrutamos ser un pueblo sencillo, noble, cábula, amigable, bonachón, hospitalario, ….. una sociedad amiga y refrendamos una tradición de serlo desde nuestro mestizaje.

El equipo que nos representó, nos hizo soñar, fue mejor que el de Inglaterra en todo, menos en el marcador final, fue una ironía y lástima a la vez, pero la gracia es que durante 24 días nos avivaron sentimientos de empoderamiento, fe, confianza, unidad, identidad nacional y eso tiene un valor incuantificable.

A todos quienes participaron en ese esfuerzo, nuestra gratitud por la felicidad que nos hicieron sentir, México tenía mucho de no vibrar alegrías tan intensas e ilusiones unificadas como esta.

Pasada la emoción de esta temporada futbolera, tendremos ocasión para reflexionar ¿Qué pasó con nuestra vida pública durante estos días de fiestas y euforias?, y sobre las decisiones colectivas como votar por emociones sobre razones, pero eso, ya será mañana, por ahora se impone la empatía de ver feliz a casi todo nuestro pueblo y eso contagia.

Despido estás líneas sintiendo intensamente la buena vibra de mexicanizar la convivencia, de haber compartido la alegría de mexicanos de todas edades enfiestados, eufóricos, ilusionados y envueltos en una misma identidad nacionalista.

Sinceramente, creo que fue muy padre mientras duró y que el equipo mexicano, está entre los primeros 12 mejores del mundo.

Con mucho, por ahora, prefiero, quedarme con lo bueno de esta espléndida experiencia, en lugar del ácido por la descalificación.

José Carlos González Blanco.

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