
JORGE LUIS FALCÓN ARÉVALO
«No habrá justicia hasta que quienes no se vean afectados se indignen tanto como quienes sí lo están». Benjamin Franklin
GUERRERO. Leer o escribir sobre la violencia con una «arquitectura pretenciosa» puede darle al espectador la falsa ilusión o falsa catarsis de estar participando en un acto de conciencia, cuando en realidad solo está presenciando un espectáculo estéril.
Hay una línea muy delgada —que desafortunadamente se cruza con demasiada frecuencia— entre el testimonio histórico o la denuncia artística y la espectacularización estética del dolor.
No construyen; solo exhiben. Esa falsa intelectualización de la crueldad no sana, no incomoda al opresor, ni ofrece catarsis; solo insensibiliza.
Cuando la poesía o la literatura se vuelven meramente «prosaicas» para regodearse en la crudeza, utilizando tragedias humanitarias como el Holocausto solo como un recurso estilístico o un clímax efectista, se vacían de empatía.
La trampa de la estética del horror
El peligro de la desconexión: Convertir la agresión en una metáfora «elegante» a menudo despoja a la víctima de su dignidad real, transformando su sufrimiento en un objeto de consumo cultural.
La palabra que solo copia el horror sin buscar la justicia o la transformación se queda en puro ruido visual en un vacío resolutivo.
Mientras el arte o el discurso social no nazcan de un compromiso genuino con el ser humano, seguirán siendo solo palabras huecas en una página. La verdadera justicia y el verdadero cambio no vienen de adornar el abismo, sino de las personas que, con empatía y acciones reales, deciden construir puentes para salir de él.
Esto es un recordatorio implacable de que la ética debe guiar a la estética, y no al revés.
P.D. Se dice: indolencia contemporánea.
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