EL CHIRRIÓN POR EL PALITO/ Lonas de colores: “La San Fe» (I)

“¡Son originales, porque son de a Roberto!”

ULISES ROMERO CANO

Ahí están desde temprano, puntuales, antes de que el amanecer arrope a la madrugada, sin la necesidad de poner la huella en el reloj-checador o llegar barriéndose porque el Metro se vino parando para firmar la lista de asistencia. Su despertador es el choque de los tubos descarapelados y chuecos que suenan constantes al armar sus puestos junto con las lonas de colores que van colocando para cubrirse del sol o la sigilosa lluvia. Ellos, los que no viven del erario público o elegidos por la bolsa de trabajo de OCC: El tianguista.

“Al que se le peguen las cobijas, simplemente no saca para el chivo, así de simple. Y peor, aun enfermos hay que chingarle, porque no hay incapacidad pagada del IMSS o ISSSTE”, externó Daniel “N” a las 5:30 de la mañana mientras termina de acomodar sus chácharas y una que otra cosa que asegura es artesanal y quien lleva en este negocio más de 20 años.

El lenguaje es el caló, frases y palabras que los profanos tildan como coloquiales y que ni el traductor de Google les tiene significado porque son parte del folclor de los diferentes barrios de la Ciudad de México y en este caso, el de las más de 30 mil personas entre vendedores y visitantes que se congregan cada domingo para ofrecer sus productos, llenar el refrigerador para la semana o simplemente para echar una chela y bobear en el tianguis de la San Felipe de Jesús. ¡Ay, Papá!

–«¡Son originales porque son de a Roberto (robadas)!” “¡Llegó la moda de Corea… bara, bara!” “¡Aquí es, aquí es chula, ya no le busque!” “Si no quiere fruta váyase a la verdura!” y “¡Aquí alcanza hasta pa’ la suegra!”, entre muchos otros, son algunos de los “slogan” que sueltan los mercaderes sin titubeo prácticamente en coro para atraer al patrón, a la damita o jefecita pa’ que se anime a comprar.

El piropo, es natural entre los diferentes pasillos de este laberinto comercial de la alcaldía Gustavo A. Madero de la CDMX, con ese cantadito pegajoso al decirlo y que es imitado–como burla–por paisanos de otros estados de la República, cuando se quieren referir al chilango: “¡Apachurro mamacita!” “Chialeeeee”.

Aquí, el “Buen Fin” no es de supuestas “ofertas”, se negocia cada ocho días entre la marchante y el vendedor con la interrogante: «¿Es lo menos?». El gasto tiene que rendir y estirarlo como la canción de La Bartola del cronista urbano Chava Flores ya que en estos puestos las tarjetas oro y platino de los diferentes bancos simplemente son plásticos sin valor porque no hay crédito ni meses sin interés…

“Mira Bartola/Ahí te dejo esos dos pesos/Pagas la renta/El teléfono y la luz/De lo que sobre/Coges de ahí para tu gasto/Guárdame el resto/Para echarme mi alipús…”

De las calles Villa de Ayala hasta Ocotlan, son cinco kilómetros de largo que abarcan ocho carriles viales los que mide el tianguis de la San Fe, como le llama “la bandera de tres colores”; la gente se aglomera principalmente en las montañas de ropa de paca, esa, que “es original porque la traen del otro lado”, aseguran los presentes y hasta es “totalmente Palacio, ¡papáaaaaaa!”.

En medio del bullicio y la indiferencia, las prendas vuelan de un lado a otro como palomas sobre las migajas de pan y el movimiento de los brazos, principalmente de las mujeres, es tan rápido como si fuera el juego de las manitas calientes al perderse entre los montones de prendas para jalar la de su agrado. El arrebato es una regla permitida, ¡claro!, “sin Yolanda, Maricarmer”, es decir, sin llorar si les ganaron la chidaaaa.

–“Pues hay que ir por más pachocha—dinero—a la casa. Ya no traigo”, le grita un señor con bolsa de mandado en mano a la que supongo era su esposa quien se encontraba hasta el otro lado del tablón y que ya no le alcanzaba para llevarse más ropa.

–¡Sí, porque son de buena marca! –, le responde entusiasmada.

El “morlaco”, otra manera de llamar al dinero va de mano en mano. Tampoco hay blof porque las bolsas donde se entrega la mercancía no distinguen entre café y rosa como las que usan esas tiendas de prestigio de Liver y PH, sino las típicas de plástico negras o beige, pero ahora con su logotipo bien marcado de “reciclable”, bueno, algunas, para no contaminar, según.

Durante esta caminata a paso de procesión por la cantidad de gente que se detiene de repente sin intermitentes o sacar la mano, para ver algo que llamó su atención, la mayoría, sin distinción de género, llevan de acompañante su vaso de chela en mano sin que esto les resulte un bemol. Ante ello, obliga a aplicar la máxima que “al pueblo que llegues haz lo que vieres”.

–«Con poquito Clamato»–, le digo a la chica que me prepara el néctar del barrio: La chabela.

Al llegar a la punta de este transatlántico sobre ruedas, hay que hacer dos paradas obligas: echar una firma–ir baño– y rellenar el unicel de a litro con la agüita amarilla para el regreso y con la finalidad de no pagar 95 pesos en los puestos, mejor se arma el combo hasta con unos Dorilocos en la vinata de la esquina con 45 y 30 varos, respectivamente. Nada más hay que hacer fila porque la banda ya se la sabe, me dicen los compas.

Entrada la tarde, cuando el sol comienza a pegar de frente, las caras de los “clientes consentidos» sin ser Liverpool, se comienzan a ver con ojos pispiretos. “Ya volví a conectar la peda”, le revela “El Brandon”—así se me ocurrió llamarlo– a su compa, ambos con varios vasos de unicel tatuados con la palabra Corona, sepa por qué, apilados. Vestidos con gorra Gucci, playera guanga y de manga corta para enseñar el tatú del brazo, lentes Prada, arracada en la oreja, mezclilla tipo cholo y tenis Adidas, todo el outfit clon, lentamente se fueron perdiendo entre la muchedumbre, ladeándose.

Al verlos, fue el momento que se me vino a la mente un regaño de mi madre: «Siempre que vas a la pinche San Felipe, regresas borracho, y sin comprar nada». ¡Zaz!

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