DESOBEDIENCIA/ El fetichismo de los derechos humanos

OLIMPIA FLORES ORTIZ (SemMéxico. Ciudad de México). ¿Cómo nos situamos las personas frente al Estado?

A juzgar por la abulia demostrada en las elecciones 2022 en 6 entidades federativas, en las que el abstencionismo osciló entre el 47% y el 70%, la esfera del Estado no se siente de incumbencia propia.

¿Cómo si no ante las relaciones de desigualdad y de discriminación?  El abstencionismo es una suerte de resistencia pasiva y no constructiva. Es uno de los síntomas de nuestra anomia.

Si bien teóricamente se ha superado la noción de que el Estado y la Sociedad son esferas diferenciadas, lo cierto es que la sociedad mexicana no ejerce ciudadanía. No es consciente de cómo forma parte del todo así llamado Estado. No cree que le corresponde tomar parte en las decisiones, sino que es pasiva ante ellas. No hay principio de responsabilidad, sino desdén, rechazo, victimismo, ira. Nuestra mentalidad es colonizada e infantil. El Estado es el Padre y no se desafía.

En el poder y en la sociedad, hay mensajes ocultos que yo aventuro son vinculantes. De ahí el éxito del discurso hegemónico de dominación. Las creencias subyacentes -traídas del mito- impiden que el Estado sea laico y la sociedad razonable. Animan el control del cuerpo y el orden de la vida convertido en principios morales compartidos que producen cultura y tradición con norma y con Ley valiéndose de tecnologías de dominación.

Es difícil deslindar a la tradición del derecho. El arraigo de las creencias y la tradición inciden en la Ley a querer o no. Es un ejercicio complicado el poder separar a las creencias que son constitutivas del lazo social y también de las mentalidades; así como del código de principios que consagra la Ley.

Hay multiplicidad de causas, pero no toda causa es resistencia ni transformación. Precisamente porque no se puede deslindar el patrón del pensamiento mítico del pensamiento laico. Se oculta, se reproduce.

No toda causa quiere una transformación ni cuestiona de fondo. Un ejemplo es el del feminismo que no puede trascender al esquema binario heteropatriarcal, (la biología es la biología -dicen- y todo lo demás es anomalía) ni a la sacralidad del cuerpo propios de las religiones de un solo dios masculino, por supuesto. Ello determina a los objetivos y al trazo mismo de la estrategia que no puede ser más que excluyente (hay un dogma) y patrimonial (un concepto patentado). Pero no sólo, también produce paquetes de productos con demanda en el mercado privado y del gobierno, por aquello de lo políticamente correcto que requiere de modelos, talleres, conferencias, pontificaciones y descalificaciones. Una posición que desemboca en prohibiciones, castigos y exclusiones, por eso son abolicionistas y anti trans. Y no cuestionan al capitalismo.

Resistencia y discurso contrahegemónico

Siempre estarán jugándose en esa trama yendo y viniendo, cruzándose entre sí produciendo tramas infinitas. Resistencia al cambio por un lado y horizontes contrahegemónicos. ¿Cuánta resistencia y cuánta transformación? ¿Cómo resolver el carácter dual de la resistencia? ¿Es retardataria?  ¿Cuál transformación?

El horizonte es tan profuso como específico puede llegar a ser.

El movimiento LGTBQI+ es una expresión de radicalidad, sin duda. Cuestiona al orden simbólico. ¿Qué tanto?

Un considerable tanto, pero todavía puede ser más específico y por tanto pertinente, encuentro el sábado en Facebook:

#Oaxaca Que hay contingente Indígena/Disidente antirracista, para la marcha de las 2 PM. ¿Que si le caemos?

*Más comunidad Disidente / menos pride pacifista*

El proceso de mercantilización de los derechos

El código de los derechos humanos ha devenido en mercancía, son un producto más en el voraz y pernicioso mercado capitalista. Están el mercado de la promoción, el target del mercado para todo tipo de producto y como botín político. En tanto fetiche, la mercancía se banaliza, es canjeable, es publicidad. Y también es espectáculo.

Como paradigma, los derechos humanos no cuestionan a las relaciones de producción y su mercado. Tampoco cuestionan a la democracia que se pretende inherente a un sistema que institucionaliza la desigualdad.

La feria del fetichismo

La marcha del Orgullo del sábado 25 alcanzó una convocatoria nunca vista. Hay un bullicio social en torno a la cuestión LGTBQI+ que tiene su aspecto de fondo y su aspecto mercantil y espectacular. La causa ha sido enajenada, el espectáculo vende, la causa vende y a Claudia Sheinbaum se le antojó como botín político. Su valor de cambio es apetecible para los intereses.

La potencia transformadora se mediatiza. ¿Dónde queda la política? ¿Cómo se establecen ahora los términos de la demanda o más aún de la exigencia? La multitudinaria asistencia (se habla de cuando menos 250 mil) puede ser un espejismo. Responde a la publicidad, al pink washing o a una causa que convoca.

¿Cómo afectaría este espejismo la ruta de un movimiento que en su naturaleza contiene la pugna misma entre la emancipación de los valores y su reproducción?

En el contexto de las discriminaciones no germina ese sentido de compromiso que pudiera derivar de la identidad. Es decir, no hay posición política, sino abulia.

SEM/MG

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