BOTELLA AL MAR/ Pueril deseo

MARTHA CANSECO GONZÁLEZ (SemMéxico, Pachuca, Hidalgo). Tres años y cinco meses llevamos batallando con el virus del Covid 19. La Organización Mundial de la Salud dice que es incierto el tiempo que seguirá estando entre nosotras y nosotros.

El conteo de personas fallecidas a nivel mundial, que data del 12 de junio pasado, indica que hasta el momento son 6 millones 300 mil, aunque la misma OMS reconoce que hay un subregistro y que el número real podría alcanzar los 15 millones de muertos/as.

En nuestro país, los datos oficiales detallan que 626 mil personas han muerto por Covid, aunque también se señala que el número es superior. La India sería el país con el mayor número de decesos, (más de 4 millones), a la cual le siguen Rusia, Indonesia, Estados Unidos, Brasil, México y Perú.

Si bien, de 1,918 a 1,919, 500 millones de habitantes murieron en el planeta por la llamada “gripe española”, ahora conocida como influenza, definitivamente los avances científicos, tecnológicos y médicos, tendrían que haber detenido las consecuencias de esta nueva pandemia.

Lo cierto, es que las vacunas siguen sin llegar a algunas zonas del mundo, en ocasiones por el difícil acceso, en otras por la falta de recursos económicos y en otras por la incredulidad que genera el biológico.

¿Cuánto han ganado en un poco más de tres años, las empresas farmacéuticas que venden millones de vacunas, en millones de dólares?, ¿Qué harán con esas extravagantes y groseras ganancias, que las han convertido ahora en las más ricas del planeta?, ¿estarán pensando las y los dueños de esas compañías en el bienestar de la humanidad, o sólo en el propio?

Hace unos tres años, cuando la pandemia estaba acabando con la vida de miles, cuando nos tuvimos que encerrar a piedra y lodo en nuestras casas, cuando las compras de pánico, la zozobra y el miedo se apoderaron de nosotros/as, escribí una columna donde expresé la esperanza de que pasar por esta vivencia nos hiciera cambiar como humanidad.

Así también, que tanto las experiencias cercanas a la muerte, como la imposibilidad que tuvieron cientos de personas de despedirse de sus seres queridos nos hicieran mejores.

Les platico qué en julio pasado, me contagié de Covid, salí viva. Aun así hubo un momento en que me sentí tan enferma que pasó por mi cabeza la posibilidad de que no fuera capaz de salir adelante, sentí miedo. Este virus me remitió tanto a mí infancia, no sólo porque extrañé por supuesto a mí mamá y a mí abuelita que me cuidaron tanto.

Además, porque físicamente volví a sentir los malestares que me acompañaron de niña. El agotamiento constante, ese sonido hueco en mí cabeza que presagiaba mejoría, pero que no dejaba de ser muy molesto. La falta de apetito que se sumó a la pérdida del olfato y el gusto que retrasaron mí recuperación.

De repente sigo batallando con las secuelas.

En suma, les digo, sí se pueden ahorrar la enfermedad, ¡háganlo!, por favor síganse cuidando. Aún no podemos cantar victoria, aunque la economía se imponga sobre la salud, sí no tienen que salir de casa, quédense, restrinjan sus actividades a lo mínimo necesario y tomen ese tiempo para reflexionar sobre lo que nos está tocando vivir.

Por lo pronto, con mucho pesar les digo, que esa esperanza que tuve que saliéramos de esto más humanos, más sensibles, más empáticos, sólo se trató de un pueril deseo.

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