
Con la Mirada de ADRIANHA RANGEL
Opinión con rumbo, análisis con propósito, compromiso con lo público
PANAMÁ. Estar presente en la 56ª Asamblea General de la Organización de los Estados Americanos permitió observar algo que pocas veces reflejan los comunicados oficiales: la OEA vive un momento de redefinición.
Durante varios años el organismo fue señalado por privilegiar determinadas agendas mientras perdía capacidad para atender las crisis políticas y de seguridad que golpean al continente. En Panamá, sin embargo, comenzaron a verse señales de una discusión distinta.
Los acuerdos adoptados muestran una preocupación por fortalecer la democracia hemisférica y el multilateralismo. Destaca la decisión de respaldar a Bolivia mediante una misión de alto nivel que contribuya a preservar el orden constitucional, reducir la violencia y acompañar institucionalmente al gobierno boliviano. Más allá de simpatías ideológicas, resulta positivo que la región entienda que la estabilidad democrática debe defenderse antes de que los conflictos escalen.
Otro momento significativo fue la postura frente a Colombia. La Organización reiteró su disposición para acompañar el proceso electoral y llamó a todos los actores políticos a respetar los resultados y privilegiar la gobernabilidad. Ese mensaje cobra relevancia en una región donde demasiadas veces la democracia termina cuestionándose únicamente cuando los resultados no favorecen a determinados sectores.
Pero quizá uno de los episodios más interesantes ocurrió fuera del recinto.
Mientras se desarrollaban las sesiones oficiales, diversos grupos provida se manifestaron pacíficamente para expresar su preocupación por el rumbo que, consideran, han tomado algunos organismos internacionales respecto al derecho a la vida y la protección de la familia. Su presencia recordó una verdad elemental: la sociedad civil también forma parte del debate democrático.
Más relevante aún fue la apertura para escuchar voces distintas, sin censura previa. En tiempos donde el disenso suele etiquetarse o excluirse, abrir espacios para posiciones diversas fortalece, y no debilita, la legitimidad de cualquier organismo internacional.
La democracia no consiste en que todos pensemos igual. Consiste precisamente en garantizar que quienes piensan diferente también puedan participar.
La OEA tiene todavía enormes retos. Recuperar credibilidad no dependerá únicamente de aprobar declaraciones, sino de demostrar que puede actuar con el mismo rigor frente a cualquier gobierno, sin importar su orientación política, y de convertirse nuevamente en un espacio donde todas las voces del continente encuentren cabida.
Porque las instituciones internacionales sólo conservan autoridad moral cuando son capaces de escuchar, debatir y actuar sin dobles estándares.
Panamá deja una pregunta abierta: ¿estamos viendo el inicio de una OEA más plural y equilibrada, o solamente un cambio de discurso? La respuesta dependerá de que las resoluciones aprobadas se traduzcan en hechos y de que el organismo recuerde que su mayor fortaleza no es imponer consensos, sino proteger la democracia, la libertad y el derecho de todos los americanos a ser escuchados.
La Asamblea también coincidió con un momento político que no puede ignorarse. En los últimos años, América Latina ha comenzado a modificar su mapa electoral. El llamado péndulo político vuelve a moverse y, después de una nueva ola de gobiernos de izquierda, varios países han optado por proyectos distintos impulsados por el cansancio ciudadano frente a la inseguridad, el deterioro económico y la polarización. Colombia es apenas el ejemplo más reciente de una tendencia que ya se había manifestado en otras naciones del continente.
Lo verdaderamente preocupante no es que cambien las preferencias electorales; eso es la esencia de la democracia. Lo preocupante es que algunos sectores políticos, particularmente de la izquierda gobernante en diversos países, parecen aceptar la voluntad popular sólo cuando les favorece. Cuando el resultado es adverso, aparecen las descalificaciones, las impugnaciones generalizadas o las narrativas que buscan sembrar dudas sobre la legitimidad del voto. La democracia exige algo más que ganar elecciones: exige también saber perderlas con responsabilidad institucional. Precisamente por ello fue oportuno que, desde Panamá, la OEA hiciera un llamado expreso a que todos los actores políticos en Colombia respetaran el resultado electoral y privilegiaran la estabilidad democrática.
Porque la democracia no se defiende únicamente cuando coincide con nuestras convicciones. Se defiende, sobre todo, cuando somos capaces de respetar la decisión libre de los ciudadanos, incluso cuando no nos favorece. La alternancia no es una amenaza: es la prueba de que las instituciones funcionan. La OEA tiene hoy la oportunidad de volver a ser garante de ese principio, sin dobles raseros, sin agendas excluyentes y sin temor a escuchar todas las voces. Sólo así recuperará plenamente la autoridad moral que América espera de ella.
Los nuevos tiempos en América Latina y la COPPPAL posicionándose.
En ese contexto también llamó la atención la reunión del presidente del PRI y de la COPPPAL, Alejandro Moreno Cárdenas, con Keiko Fujimori, presidenta electa del Perú. Más allá de las simpatías o diferencias que cada uno pueda generar, el encuentro refleja que los nuevos liderazgos latinoamericanos ya están construyendo canales de diálogo político e institucional frente a una realidad regional en transformación. Paradójicamente, mientras el Gobierno de México mantuvo una relación de distanciamiento con el Estado peruano tras la crisis política de 2022 e incluso endureció su política migratoria al restablecer el requisito de visa para ciudadanos peruanos, la diplomacia entre partidos comienza a abrir espacios de entendimiento y cooperación que la diplomacia oficial aún no ha logrado consolidar. Ese también es un signo de los nuevos tiempos que vive América Latina.
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