BITÁCORA PÚBLICA/El otro Trump

Con la mirada de ADRIANHA RANGEL

Opinión con rumbo, análisis con propósito, compromiso con lo público

Hay algo particularmente llamativo en la carta de López Obrador. Entre elogios a Claudia Sheinbaum, recuerdos de sus conversaciones con Donald Trump y nostalgias de una relación que ya no existe, aparece una frase que merece detenerse: acusa a sus adversarios de utilizar una “táctica propagandística hitleriana” basada en repetir mentiras hasta convertirlas en verdad.

La observación sería válida si no proviniera precisamente del político que pasó dieciocho años perfeccionando esa misma receta.

Durante casi dos décadas, López Obrador construyó una narrativa simple pero efectiva: México estaba secuestrado por una derecha corrupta, oligárquica, entreguista y enemiga del pueblo. La repitió en plazas, conferencias, entrevistas y campañas. Una y otra vez. Hasta convertirla en verdad para millones de mexicanos.

Por eso resulta curioso que ahora sea él quien denuncie el método que tan bien conoce.

Pero la carta deja otra reflexión todavía más interesante. Al leerla, uno no puede evitar preguntarse cuánto tuvo que ver Trump en el ascenso y consolidación del propio López Obrador. La cercanía entre ambos gobiernos durante el primer mandato del republicano fue evidente. Mientras Trump mantenía una relación pragmática con Palacio Nacional, López encontraba el espacio perfecto para gobernar sin mayores presiones externas.

Quizá fue una apuesta estratégica. Quizá un experimento político. Quizá simplemente una coincidencia de intereses. Lo cierto es que la relación existió y benefició a ambos.

Sin embargo, como suele ocurrir en política, los errores terminan cobrando factura.

Después vino Joe Biden. Entre problemas internos, cuestionamientos de salud y una administración concentrada en múltiples frentes, muchas situaciones quedaron sin atender. Entre ellas, la deriva institucional, la expansión del crimen organizado y el deterioro de áreas fundamentales del Estado mexicano. Problemas que no surgieron de la noche a la mañana, pero que tampoco encontraron contrapesos efectivos.

Hoy las consecuencias alcanzan a ambos países.

Y mientras Washington endurece posiciones, en México se intenta una vez más cambiar la narrativa. López Obrador busca recuperar el control del relato, como tantas veces lo hizo cuando concentraba todo el poder político. Pero hay realidades que ya no caben dentro de una conferencia mañanera.

Los más de 200 mil homicidios registrados durante su sexenio, los escándalos que involucran a familiares y colaboradores cercanos, así como el deterioro de la seguridad pública, hablan con una fuerza que ningún discurso logra silenciar.

Por eso resulta tan revelador el cierre de su carta. En el fondo, López Obrador no está hablando del Trump actual. Está invocando al otro Trump. Al aliado. Al amigo. Al presidente con el que encontró entendimiento y conveniencia mutua.

Pero el problema es que ese Trump ya no existe.

Porque cuando durante años se deja correr un problema sin corregirlo; cuando se permite que el perro crezca sin correa, salte la barda del vecino y destruya lo que encuentra a su paso sin asumir responsabilidad alguna, tarde o temprano llega la cuenta.

Y esa cuenta, hoy, comienza a cobrarse. Ya veremos las próximas semanas el costo de la factura.

“Poniendo los puntos en la i”

La respuesta del presidente del PRI Alejandro Moreno (Alito) a la carta de López Obrador marca un punto de inflexión en la política mexicana. Más allá de las simpatías o antipatías que despierte el dirigente priista, lo relevante es que su mensaje abandona por completo el lenguaje diplomático para instalarse en la confrontación frontal.

Mientras López Obrador intenta reconstruir su narrativa histórica mediante una carta en la que reivindica su relación con Donald Trump y presenta una interpretación de los conflictos actuales entre México y Estados Unidos, Alejandro Moreno responde con una acusación devastadora: sostiene que el expresidente no fue un líder popular perseguido por sus adversarios, sino el principal responsable de la expansión del poder criminal durante su sexenio.

La discusión de fondo no está en los insultos ni en la dureza de las palabras. Está en la disputa por el relato histórico. López Obrador busca consolidar la imagen del estadista que defendió la soberanía nacional frente a las presiones externas. Alejandro Moreno fina una narrativa completamente opuesta: la de un gobierno que debilitó instituciones y permitió el fortalecimiento de los grupos criminales.

Paradójicamente, la carta del propio López Obrador contiene una frase que ayuda a entender esta batalla política. Cuando acusa a otros de utilizar la propaganda basada en la repetición de mensajes, termina recordando el método que durante años fue una de las mayores fortalezas de su propio movimiento. Durante casi dos décadas, Morena construyó un relato donde la culpa de todos los males nacionales recaía en una élite corrupta, conservadora y entreguista. Esa narrativa fue repetida una y otra vez hasta convertirse en una poderosa herramienta política.

Hoy la oposición intenta hacer exactamente lo mismo, pero en sentido contrario: convertir a López Obrador en el símbolo de todos los problemas heredados al país.

La pregunta es si Alejandro Moreno logrará convertirse en el rostro de esa oposición. Carga sobre sus hombros el desgaste histórico del PRI y los errores acumulados por décadas de gobiernos priistas. Sin embargo, también es cierto que, ante la ausencia de liderazgos opositores sólidos, ha decidido ocupar un espacio que muchos otros abandonaron, saliendo no solo a confrontar al Gobierno de Morena, sino también trabajando diferentes estrategias como los “defensores de México”.

Su mensaje refleja una estrategia clara: dejar de responder a Morena en términos defensivos y pasar a la ofensiva. Ya no se trata de justificar el pasado del PRI, sino de señalar las contradicciones, errores y resultados del obradorismo.

Queda por ver si esa estrategia logrará conectar con una ciudadanía cansada de la polarización o si terminará alimentando una confrontación todavía mayor. Lo que sí parece evidente es que la etapa de la oposición moderada ha terminado. Alejandro Moreno ha decidido convertirse en la voz más dura contra Morena y contra López Obrador.

Y en política, cuando alguien decide elevar el tono de esa manera, no sólo busca llamar la atención. Busca encabezar una causa. Y eso lo pone en la delantera.

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