
Con la Mirada de ADRIANHA RANGEL
Opinión con rumbo, análisis con propósito,, compromiso con lo pútblico
Por un momento dejemos de hablar de fútbol.
La final del Mundial dejó un campeón, pero también dejó una conversación que trascendió los noventa minutos. Millones de aficionados alrededor del mundo no discutieron únicamente el resultado; discutieron la sensación de que, una vez más, el partido no se jugó solamente en la cancha.
Durante semanas se habló de decisiones arbitrales controvertidas, de goles anulados que para muchos resultaron difíciles de entender, de criterios que parecían cambiar dependiendo del uniforme y de un estilo de juego argentino que apostó, en buena parte del torneo, a resistir, administrar el tiempo y llevar los encuentros al límite, incluso a la definición por penales. España, en cambio, ofreció un fútbol ofensivo, de posesión, de construcción constante y de búsqueda permanente del arco rival.
Al final, España levantó la Copa. Y quizá ese desenlace evitó que la percepción de injusticia alcanzara proporciones aún mayores. Porque si después del fútbol mostrado durante todo el torneo el campeón hubiera sido otro, para millones habría quedado la sensación de que el mérito deportivo no bastó.
Pero el verdadero problema no está en el marcador.
Está en la desconfianza.
Cuando una parte importante de la afición termina convencida de que existen favoritismos, que las decisiones no son iguales para todos o que hay intereses que pesan más que el reglamento, el daño es mucho más profundo que una derrota deportiva. Se rompe algo mucho más valioso: la credibilidad.
Y esa historia no pertenece solamente a la FIFA.
Es exactamente la misma sensación que vivimos todos los días en nuestras sociedades.
Cuando un ciudadano observa que la ley se aplica con rigor para unos y con indulgencia para otros; cuando la corrupción parece quedar impune; cuando los poderosos siempre encuentran una salida y los ciudadanos comunes pagan las consecuencias; cuando la verdad oficial contradice lo que millones observan con sus propios ojos, nace una peligrosa conclusión: la justicia dejó de ser confiable.
Ese es el verdadero riesgo.
Porque una sociedad puede soportar perder un partido. Lo que no puede soportar durante mucho tiempo es perder la confianza en sus instituciones.
La FIFA lleva años intentando reconstruir una reputación golpeada por escándalos de corrupción. Sin embargo, cada decisión polémica revive viejas heridas y alimenta sospechas que quizá nunca desaparezcan del todo. No basta con ser imparcial; hay que parecerlo. La legitimidad también se construye desde la percepción pública.
Quizá por eso esta final provocó tantas emociones.
No porque estuviera en juego únicamente una Copa del Mundo.
Sino porque, en el fondo, cada aficionado proyectó en ese partido la misma pregunta que millones de ciudadanos se hacen todos los días frente a gobiernos, tribunales e instituciones:
¿Todavía podemos creer que las reglas son iguales para todos?
Porque cuando esa pregunta deja de tener una respuesta clara, el problema ya no es del fútbol.
Es de toda la sociedad.
La FIFA podrá revisar jugadas con un VAR. Los tribunales podrán revisar sentencias. Los gobiernos podrán construir narrativas para justificar sus decisiones. Pero existe un juicio que no admite repeticiones manipuladas, ni influencias ni intereses.
Quizá por eso esta final dejó una sensación distinta. Más allá de si las decisiones arbitrales fueron correctas o no, para millones de personas quedó la percepción de que algo no terminaba de ser equitativo. Y, sin embargo, el desenlace recordó una verdad que trasciende al deporte: el poder humano tiene límites. No siempre basta con tener de tu lado las circunstancias, los reflectores o incluso la percepción de un arbitraje favorable.
Hay momentos en que la historia parece recordarnos que existe una justicia que trasciende la voluntad de los hombres. Una justicia que no siempre llega en nuestros tiempos ni de la forma que esperamos, pero que termina poniendo cada cosa en su lugar.
Tal vez esa sea la lección más importante de esta Copa del Mundo. No únicamente quién levantó el trofeo, sino que, aun cuando la confianza en las instituciones se debilita y la impunidad parece abrirse paso, siempre queda la esperanza de que existe una justicia superior que no permite que el favoritismo prevalezca para siempre.
Y quizá ahí también haya una lección para nosotros como ciudadanos. Si algo mostró España durante este Mundial fue que no dejó de buscar el partido. Atacó una y otra vez, insistió cuando el camino parecía cuesta arriba y no permitió que las circunstancias definieran su destino. Así tendríamos que actuar también frente a la vida pública: no resignarnos cuando las instituciones parecen fallar, no aceptar la corrupción como algo inevitable, no dejar que la sensación de desventaja nos robe la voluntad de participar, exigir y construir un país mejor. La justicia también necesita ciudadanos que no se cansen de luchar por ella.
Porque la verdadera justicia no consiste en favorecer a alguien; consiste en impedir que el privilegio derrote a la verdad. Y para que eso ocurra, no basta con esperar que las instituciones cambien. También hace falta una ciudadanía que, como España en esta Copa del Mundo, no deje de luchar, no renuncie a buscar el “cómo sí” y nunca permita que las apariencias o los obstáculos le hagan abandonar el partido.
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