BELLAS Y AIROSAS/ Una mujer presidenta en México, hipótesis, retos y utopías

ELVIRA HERNÁNDEZ CARBALLIDO

SemMéxico, Pachuca, Hidalgo. Lejano parece ese octubre de 2003 cuando en una reunión de mujeres que formaban parte de la vida política en México quienes apostaban por tener ya una primera mandataria. Los medios de comunicación mostraron diferentes reacciones, la mayoría de rechazo o burla.

Por ejemplo, la portada de la revista Proceso puso como encabezado, junto a las fotos de Rosario Robles, Martha Sahagún y Elba Esther Gordillo, una sola palabra: Aquelarre.  Descalificadas, adjetivadas y desacreditadas, las mujeres que anhelaban ver a una de ellas dirigir la nación seguían enfrentando un sistema patriarcal insensible, duro y destructivo en pleno siglo XXI.

Sin embargo, este 2 de junio la historia es otra, dos mujeres fueron apoyadas por sus partidos políticos para ser candidatas a la presidencia. Una ya fue elegida para ser presidenta de México.

Ante este destino que nos alcanza, late una pregunta: ¿Una mujer como mandataria del país logrará cambios significativos y su liderazgo será diferente al de todos los hombres que nos han gobernado hasta el momento?

Tanto las hipótesis como las conclusiones realizadas por especialistas en el tema oscilan entre el pesimismo y el optimismo, un fatal esencialismo, altísimas expectativas y una cruda perspectiva crítica. Así, los análisis realizados a figuras femeninas que ya han ostentado ese cargo en otros países dan a conocer variadas interpretaciones:

“… el estilo de gobierno de mujeres y hombres en Latinoamérica es transaccional, y no cambió cuando unos u otros ostentaron el poder. (Ruiz Acosta y Camargo Mayorga)

“… la historia está llena de ejemplos que muestran que la llegada de mujeres al poder no ha supuesto avances importantes en la igualdad de género en su país, pues han reproducido los modelos masculinos imperantes en la vida política y han defendido los planteamientos e intereses de los partidos a los que pertenecen, olvidándose de los intereses de las mujeres.

En este sentido, ha primado más la fidelidad al partido que la integró al poder, y del que dependen para mantenerse en la vida política, que las reivindicaciones de género que pueden ser contradictorias con las decisiones de su partido”. (Ruiz Seisdedos y Grande Gascón)

“… las mujeres enfocan su liderazgo en instituir y mantener relaciones sociales que sean productivas, y valoran lo realizado previamente para hacer énfasis en participar activamente, y a la vez, contribuirle a los demás. De ahí́ que, se identifique la colaboración, el apoyo y el trabajo en grupo, como improntas del liderazgo femenino. (Ruiloba)

“A pesar de los problemas de imagen a los cuales se enfrentan las mujeres, que aparecen como políticamente inexpertas, carentes de conocimiento, débiles de carácter y faltas de autonomía, es evidente el incremento de mujeres en las instituciones públicas de América Latina, desde la década de los noventas”. (Román y Ferri).

Estas perspectivas se convierten en retos que nuestra primera presidenta deberá enfrentar para crear estrategias que le permitan desarrollar su mandato sin tantas etiquetas, prejuicios o estereotipos. Además de su plan de trabajo, de la construcción de su gabinete y de las decisiones que deberá tomar a lo largo de seis años, la diferencia con todos los presidentes anteriores es que ella siempre estará calificada o descalificada por el simple hecho de ser mujer.

A todos sus compromisos, promesas, tareas y retos que podrán variar de acuerdo al contexto e importancia, será muy complejo arrebatarse ese señalamiento de que se trata de la primera mujer presidenta y las interrogante basadas en ello no dejarán de aparecer: ¿Si es mujer, por qué no es más democrática? ¿No debería ser más dialogante, mediadora, receptiva y consensuada? ¿Dónde quedó su carisma natural, su paz interior e inteligencia? ¿No sabe que debe ejercer un liderazgo multidireccional y multidimensional para favorecer el desarrollo de valores y acciones colectivas? ¿No debería ser capaz de crear un halo de credibilidad para mostrarse como una mujer competente y adiestrada en el quehacer político? ¿Por qué ha tenido que adoptar un estilo masculino si es mujer?

Por supuesto que es un gran avance en la vida política del país que una mujer sea presidenta, un logro que nadie regaló, sino que ha sido resultado de una larga lucha que las mexicanas han llevado a cabo en este escenario político. Nosotras lo tenemos presente, pero siempre es significativo enumerar algunas etapas representativas de este proceso donde hemos luchado por cada una de ellas:

Fuimos reconocidas como ciudadanas al ganar el derecho al voto hasta 1953.

María Lavalle, la primera senadora expresó una frase que sintetizaba la actitud ante ella de los señores en el Senado: “Me dan la silla, pero no el lugar”.

La década de los ochenta y noventa cuando el suplemento DobleJornada y Revista FEM denunciaban la hostilidad, exclusión, marginación y violencia que enfrentaron quienes deseaban ser diputadas, senadoras o presidentas municipales.

La exigencia de las cuotas de género, que no lograban reducir la brecha de desigualdad por la falta de voluntad política de los partidos.

Tener que recurrir a la vía legal para asegurar la participación y la representación de las mujeres en el escenario político.

Y en cada logro, en cada pequeño y gran avance, un resultado anhelado está ocurriendo en este 2024:  México tendrá a una mujer presidenta.

Por supuesto, deseamos que se noten las diferencias, anhelamos mejores decisiones y un futuro prometedor para la nación porque una mujer la dirige. La utopía trazada por Gioconda Belli en su novela “El país de las mujeres” parece marcar pautas de este anhelo como bien lo señala en su análisis literario Rosemary Castro Lozano:

“…reconozco en esta novela un espíritu pluralista del feminismo que concuerda claramente con lo que escribí en el texto de mi construcción de género, en cuanto a que pocas veces se crean espacios para pensar en “los feminismos” plurales y diversos como somos las mujeres mismas, y que nos permitan crear espacios cooperativos e incluyentes que pongan de manifiesto la infinita y comprobada capacidad que tenemos las mujeres de ser creativas en la necesidad y resistentes en el dolor y la urgencia; esa especie de resiliencia femenina que no requiere que nos definan en términos masculinos y desde la cual tampoco es necesario o admisible que la transacción personal siga siendo la moneda de cambio para tener voz y voto en los espacios públicos de formulación y de decisión. Así, más que al PIE (Partido de la Izquierda Erótica) o a “El País de las Mujeres”, daría mi voto de confianza a un país (incluso si fuera utópico) donde quepamos todas las mujeres con nuestros sueños, nuestros aportes y nuestras vivencias, bajo una noción amplia de justicia basada en la redistribución económica, la representación política y el reconocimiento discursivo, tal como lo plantea Nancy Fraser (2008), unidos a la reapropiación subjetiva que necesariamente deberá incluir, para nosotras las mujeres, la dimensión corporal de nuestra vida.”

Entonces, qué podemos esperar de una mujer presidenta en México, posiblemente una guía ideal serían las experiencias pasadas de las mujeres que ya estuvieron en ese puesto. Existen análisis muy detallados de lo que hicieron, no pudieron hacer y sobre su estilo de gobernar.

Lo importante es señalar que no hay coincidencias, ni tampoco comportamiento parecidos, se especifica que todo depende de la personalidad, el contexto y los estilos de liderazgo. Así, del estudio de Liliana Elizabeth Ruiz Acosta y David Andrés Camargo Mayorga, que analizaron a cinco presidentas de América Latina, me atrevo a recuperar una pauta significativa de cada una y que puede ser la característica a seguir:

Los principales logros de Violeta Barrios estuvieron encabezados por el desarme y posterior reinserción del principal grupo armado nicaragüense así como la reducción del ejército y la policía, así como también, su interés en la democracia e igualdad, al proclamar la libertad de prensa a los medios de comunicación. Disminuyó la deuda externa como porcentaje del PIB.

Como presidenta, Mireya Moscoso logró avances en servicios como la educación con una cobertura nacional de alfabetización de un 95%.

Siempre estuvo abierta a la crítica y a responder los cuestionamientos que hacían los medios, en su rendición de cuentas, la presidenta aseguró que los medios de comunicación se encargaron de sobredimensionar los problemas del país y no resaltar los buenos resultados. De manera muy cumplida, Laura Chinchilla cada año en el mes de Mayo presentó su rendición de cuentas, a pesar de no cumplir las expectativas del pueblo costarricense.

Bachelet se mostró como una presidenta dispuesta a luchar por lo que parecía menester para cualquier ciudadano. Los intereses de la ciudadanía eran sus intereses. Su éxito se logró gracias a la confianza que genera su cercanía al pueblo, tanto su historia de vida, como la forma en que los electores la percibieron en 2006, fueron indispensables para generar una imagen de mujer racional que atiende y comprende cómo debe ser dirigida la ciudadanía.

Si por firmeza y carácter se entiende la capacidad de defender los puntos de vista propios pese a las diversas críticas, Cristina Fernández de Kirchner podría ser considerada como una mujer de estas características. Después de que asumió el mando presidencial, la presidenta tuvo que afrontar duras críticas a sus propuestas para el sector agrario. Ante este escenario, Cristina propuso la ley de medios para asegurarse la posibilidad de conectarse con los sectores más populares del país. A través de estos medios, la presidenta argentina demostró constancia y firmeza a la hora de defender sus posturas.

Y dentro de seis años, cuando esa mexicana presidenta concluya su mandato, ¿qué pautas identificaremos?

La utopía dio sus primeros pincelazos el 2 de junio del 2024 ante el triunfo de Claudia Sheinbaum, las hipótesis laten, los retos aguardan.

[1] Publicado en Revista Zócalo, junio de 2024

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