
ELVIRA HERNÁNDEZ CARBALLIDO
SemMéxico, PACHUCA, Hidalgo. Artemia Carballido García me enseñó a no celebrarla el 10 de mayo. Su decisión no es feminista ni de rebelde furibunda, lo que pasa es que un día antes es su cumpleaños. Ella nació el 9 de mayo de 1929 y en esa misma fecha la mujer que le dio la vida perdió la suya.
Hoy, por fin, se han reencontrado.
Mi mamá como toda madre inspira a quererla por siempre, aunque otras a preferir una prudente distancia para jamás dejar de amarla.
Nunca nos dejó cocinar, ni lavar, ni trapear, primero estudiar, solo estudiar. Su lema era: 10 o la fuerza de su chancla.
Complaciente, nunca nos forzó a probar nada de comer que no nos gustara.
Repetía frases que con el paso del tiempo se volvieron inolvidables: “estudien para que solamente dependan de ustedes mismas”, “en alguna debe caber la prudencia”, “mejor que te sobre a que te falte, hijita, en vez de diez, te doy veinte pesos”.
Naturalmente generosa, me heredó esa virtud.
La mejor vendedora del mundo, sobre todo, de alhajas oaxaqueñas. Teje, más que la misma Penélope. Prefirió irle al Atlante que al América. Batía con el tenedor las claras y formaba verdaderas montañas de espuma blanca que yo jamás he podido hacer ni con la batidora. Sus grandes amigas fueron la tía Conchita, Elina, su prima La Viche, Marina, Lucha y la señora Laura.
Tal vez para justificar la diferencia de edades entre ella y mi papá, él contaba que mi mamá se lo había robado a la salida del jardín de niños. Nunca me preocupó saber quién de los dos era mayor o menor, prefería espiarlos mientras bailaban alguna pieza romántica de la Sonora Santanera. “Sí se aman”, repetía emocionada.
Me gustaba escucharla cantar: “Cariño santo, mira cómo ando, toda la culpa la tienes tú” al tiempo que tallaba la ropa en el lavadero de la azotea, en Algarín.
Me jalaba del cabello si me portaba mal, pero también de emoción al escuchar que me aprobaban con mención honorífica en cada examen profesional.
Con tal de que mis rebeldes y lacios cabellos se mantuvieran en su lugar, les echaba un poco de limón. Mucho tiempo después, cuando fui a tomarme las fotos para mi título de doctorado, se puso a llorar al verme con el cabello tan bien acomodado con el gel: Es que así lucías cuando te peinaba antes de irte a la primaria, musitó limpiándose las lágrimas con la orilla de su blusa.
Fui la primera de sus hijas en embarazarse. Me acompañaba al ginecólogo y lloramos emocionadas al ver la carita de mi hijo en el ultrasonido. Me bañó durante 40 días después de mi cesárea.
Gracias a ella, siempre pude dejar a mi pequeño en un lugar seguro mientras me iba a reportear o hacía mi posgrado. Solidaria, estuvo conmigo el día que decidí abortar.
El año pasado la letra de la canción Pink Pony Club parecía adivinar mis últimos años de relación con ella:
“Sé que querías que me quedara, pero no puedo ignorar las locas visiones de irme.
Escuché que hay un lugar especial donde los chicos y las chicas todos los días son reinas.
No haré que mi madre se sienta orgullosa.
Sé que me hará un escándalo y gritará:
¡Dios! ¿Qué has hecho?
Tú eres una niña de ponys rosas y ahora bailas en el Pink Pony Club.
Oh, mami, solamente me divierto, pero no creas que me he olvidado de ti,
aún te amo…”
Sé que lo lamentó, pero después aceptó con resignación que soy la oveja negra de la familia, quizá porque, por esa razón, nunca dejaré de preferir el 9 de mayo y siempre le agradeceré que haya sido mi madre 63 años 11 meses, hoy eternamente desde el cielo
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